Manual Instrucción Cósmica

La arqueología desnuda al patriarcado

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Las sociedades matrifocales del Paleolitico superior y del Neolitico; descubriendo a la mujer de antes de la devastacion; una cultura y un mundo simbolico recreador de la vida; del bienestar humano y de la sociedad basada en la ayuda mutua.

 

 

 

 

 

 

 

Casilda Rodrigáñez, de su libro "Asalto al Hades". http://www.tartessos.info/biblos/asalto_hades.pdf 

 

No es necesario (que el pueblo) perciba la verdad de la usurpación; introducida en otro tiempo sin razón, se ha vuelto razonable; conviene mostrarla como auténtica, eterna y ocultar su comienzo si no se quiere que llegue rápidamente a su fín.

 

PASCAL

 

Pensamientos

 

De las profundidades de la tierra y del inconsciente humano, arqueólg@s y psicoanalistas están desenterrando la verdad de la condición humana: aquello que fue enviado al Hades (o al infierno) por los mitólogos fundadores del orden simbólico patriarcal. Lo que no debe ser, ni saberse, ni imaginarse.

 

En la escuela nos enseñaron que la historia de la Humanidad comenzó en Mesopotamia y en Egipto, con los imperios sumerio y egipcio.

 

Las relaciones humanas que conocemos hoy, han sido, según esta Historia, siempre las mismas, en cuanto a sus bases fundamentales: una sociedad jerarquizada, con guerras y fronteras, con ricos y pobres, con algún tipo de forma de Estado y de gobierno; con familias linajudas encabezadas por patriarcas dispuestos a aumentar sus botines (patrimonios) y a mantenerlos; con ejércitos de soldados y de esclavos; siempre algún tipo de esclavitud del hombre por el hombre. En cuanto a la mujer, el más denso silencio ocultaba la Ilíada de sufrimientos de la verdadera historia no escrita de la opresión del hombre sobre la mujer; y en cuanto al relevo de las generaciones, el mismo silencio para encubrir una condición adulta devastadora y represora de la infancia, como requisito de su domesticación; nada sobre la maternidad, sobre las condiciones de la reproducción de la vida humana y de los nacimientos, puesto que sólo aprendíamos los nombres de los Reyes y de las dinastías, de sus imperios, de sus guerras, botines y reparticiones; la evolución de las fronteras y sus fechas; sus empresas de conquistas, sus proezas arquitectónicas para simbolizar los triunfos, las heroicidades y el Poder acumulado. Saber Historia, era saber los nombres de las cabezas de los linajes, los de sus territorios, y las guerras que se solapaban. Dejando en evidencia que lo que importa en el Patriarcado es el Poder y la muerte que le sustenta y le mantiene, y no la vida humana.

 

Ahora ya sabemos que las cosas no siempre fueron así, ni mucho menos; sino todo lo contrario. La arqueología y las deducciones a partir de la literatura y la mitología arcaica. El estudio, en directo y en profundidad, de la primera literatura que ha llegado hasta nuestros días, y desde una perspectiva no patriarcal, debe ser muy revelador ; como botón de muestra, ya hemos citado cómo Bachofen llegó a descubrir la matrística que se escondía en las penumbras de la llamada prehistoria. Pero hay más, por ejemplo, la famosa frase que Cervantes pone en boca de D. Quijote, añorando la antigua Edad Dorada donde no existían esas dos palabras de ‘tuyo’ y ‘mío’.Y aquel soneto de Lope de Vega que menciona los tiempos en los que había madre verdadera: Cuando la madre antigua reverdece, bello pastor/y a cuanto vive aplace. No hay duda de que nuestros clásicos del siglo de Oro (recordemos a Góngora, Garcilaso etc.) habían leído directamente la primera literatura griega, y a través de ella, tuvieron conocimiento de la otra historia ocultada en nuestros libros de textos. De la Edad Dorada habla también Ovidio en Las Metamorfosis. Según Ortiz Osés en los himnos homéricos, en los escritos de los órficos y los del último período de Esquilo, y en la obra de Hesíodo, hay materia suficiente para deducir la existencia de una civilización humana diferente, que de modo genérico se la conoce ya en ciertos medios académicos, como ‘matrística’, y en sintonía con la condición gaiática de la vida. Aunque hay que advertir que no se puede acceder a esta fuente de información a través de traducciones, pues hay datos suficientes para sostener una duda más que razonable sobre ellas: por ejemplo, según la antropóloga argentina Martha Moia, en las versiones castellanas de las tragedias griegas, ‘madre’ se ha traducido sistemáticamente por ‘padre’.(1)

 

Por otra parte, Javier de Hoz, en la introducción a la edición de La Ilíada de Espasa Calpe , explica que esta obra fue una empresa publicitaria encargada por el rey de Micenas para ser recitada en el ágora. Se trataba de erradicar la memoria social todavía existente en el último milenio a.c., acerca de la sociedad humana pre-patriarcal; memoria que semantenía con cuentos y coplas transmitidos por tradición oral. La escritura, la literatura escrita, en manos de los poderosos, aparece así para fijar la versión de la Historia que da la vuelta a las guerras y a las conquistas que aniquilaron la sociedad matricéntrica. Volveremos sobre esta obra más adelante, porque además de oscurecer el sentido de la guerra de Troya, la Ilíada da la vuelta al paradigma humano de la matrística: en lugar del cuidado de la vida y la búsqueda del bienestar que representa la madre, aparece el ‘héroe’, semidios, dios u hombre, que alcanza su plenitud y su reconocimiento cuando realiza con éxito la empresa guerrera.

 

(1) Según Arnáiz y Alonso y según su estudio basado en las grabaciones en estelas funenarias neolíticas, existe una sorprendente semejanza entre el minoico, el ibero-tarteso, el vasco y el etrusco (muestra una tabla de treinta palabras casi idénticas en las cuatro lenguas, tales como ura (agua) ama (madre) etc.) Pero la sorpresa, al menos para la gente de a pié que no se mueve en medios académicos, se hace mayúscula cuando se constatan algunos detalles:

 

1– ‘Andrea’ en el vasco actual es ‘mujer’; y en el griego actual es ‘hombre’. La coincidencia del ‘andrea’ vasco y el ‘andrea’ griego nunca me había llamado la atención, pero tras descubrir el parentesco entre el vasco y el minoico, la pregunta es: ¿tiene esto algo que ver con lo que dice Moia de que en la literatura griega clásica, se traduce sistemáticamente ‘madre’ por ‘padre’?

 

2– En el euskera de las estelas neolíticas ‘jaune’ es señora; y en el euskera que hoy se conoce, es señor. ¿Acaso este cambio acontecido en algún momento después del Neolítico, se debe a lo mismo que el cambio entre el griego antiguo y el moderno? ¿Son transferencias del significado de los símbolos que acompañan a la construcción del orden simbólico patriarcal, que no pudiendo prohibir la voz de las gargantas trastocan su significado? ¿Tiene este cambio algo que ver con el surgimiento de esa forma de existencia, en la que según palabras de Lea Melandri, el existir de la mujer se hallase ya incluido en una forma de existencia (mujer, madre, hija etc.) que la niega en cuanto a mujer? ¿En la que ser madre significa existir y usar el propio cuerpo en función del hombre?

 

Desde entonces, la devastación de la vida se llamará ‘heroicidad’, y la fuerza –para manejar la espada o sus equivalentes con los que se pelea ahora –se considerará la cualidad humana más importante.

 

Durante la larga transición entre la matrística y la generalización del patriarcado, como dice Riane Eisler, hubo formas, normativas, instituciones que resultaban de los pactos entre los dos modos de vida, que reflejaban la correlación de fuerzas en cada situación y en cada momento.

 

Las mujeres, explica también Eisler, siempre fueron propicias a la negociación para evitar las guerras y las muertes. Según Bachofen, la primera forma de matrimonio, el matrimonio demétrico, fue un pacto propuesto por las mujeres para paliar la violencia sexual de los hombres. Hubo quienes optaron por la guerrilla –las amazonas–, hubo gobiernos matriarcales que levantaron murallas en torno a sus ciudades. La transición no fueron unos cuantos años ni unos cuantos siglos: fueron, según los lugares, entre 3 mil y 4 mil años, con tiempos de guerra, treguas, tiempos de paz pactados con fronteras, situaciones de coexistencia y de vecindad; hasta que el antiguo modo de vida fue quedando en zonas muy aisladas (como en el Caribe hasta el siglo XV d.c) o en las catacumbas (cultos a la diosa, brujas etc.). La información de estas situaciones o estados transitorios, no situados ni entendidos como tales, oscurecen también las fuentes de la literatura que han llegado a nuestros días, y han alimentado la confusión y la interpretación de las pruebas de la matrística. Ello ha contribuído a confundir ‘matrística’ con ‘matriarcado’, matrifocalidad con matrilinealidad, etc., etc.

 

Todo esto nos indica que no es fácil acceder a estas fuentes de información, a menos de que se sea un verdadero conocedor de la materia. J.J. Bachofen, que sí era un gran conocedor del tema, escribió en el siglo XIX su conocido libro ya citado, recogiendo descripciones de ciertos pueblos (Licia, Creta, Atenas, Egipto, Lesbos, Lemnos, en los cántabros y en la India) según los textos de diferentes autores antiguos como Tácito, Polibio, Pausanias, Estrabón, Herodoto, Pitágoras, Esquilo y otros.

 

Pudo, en base a esta fuente de información, describir una sociedad humana basada en lo que dio en llamar ‘derecho materno’, ofreciendo incluso la hipótesis, que ya hemos mencionado sobre el origen de la civilización humana, que precedió a la de los primeros imperios.

 

Siguiendo con lo anteriormente dicho a propósito de las traducciones, el ‘mutterrecht’ de Bachofen, que literalmente significa ‘derecho materno’, ha sido traducido casi siempre por ‘matriarcado’: sin ir más lejos en la edición de Akal, a la venta en cualquier librería.También Jordi Solé-Tura traduce ‘mutterrecht’ por ‘matriarcado’; sin embargo Bachofen, cuando quiere referirse al ‘archos’ femenino emplea el término de ‘ginecocracia’: luego, algo diferente a ‘matriarcado’ quiere decir cuando utiliza‘mutterrecht’. Incluso en la traducción más respetuosa de Begoña Ariño  los términos alemanes ‘mutterlich’ (literalmente ‘maternal’) y ‘muttertum’ (literalmente ‘lo materno’ o ‘entorno materno’) se han traducido deforma incorrecta; por ejemplo, sustituyendo ‘maternal’ por ‘principio materno’ que no es nada preciso, que suena más bien a algo abstracto, o por lo menos, no inmediatamente ligado al cuerpo materno, como en cambio sugiere el termino ‘maternal’ o ‘materno’. Incluso también Ariño traduce con frecuencia ‘mutterlich’ por ‘matriarcal’. Hay como una resistencia a emplear el concepto de ‘maternal’, como si eso fuese algo doméstico, privado, ‘personal’, sin conexión con la organización social y quedase poco serio.

 

Toda la divulgación de las pruebas de la matrística se ha realizado bajo epígrafes que la oscurecen y ocultan: desde las ‘diosas’ que suplantan a la mujer, o la religión a la vida cotidiana, hasta la traducción del ‘mutterrecht’ y el ‘mutterlich’ de Bachofen. Nadie puede dudar de la eficacia: por ejemplo, una exposición que recogía 129 figuras de mujer ‘desde la prehistoria al mundo romano’, inaugurada en junio del 2000 y organizada por el Museu d’Historia de la Ciutat de Barcelona, se presenta bajo el título ‘Déesses’ (Diosas). La persona que visite la exposición, entrará en el recinto con las gafas opacas ya puestas, para ver sin ver nada.

 

En su momento, y hasta fechas recientes, la obra de Bachofen suscitó una gran polémica que hoy ha quedado obsoleta por las pruebas que a partir de mediados del siglo XX, ha empezado a suministrar la arqueología. Ahora el debate, por decirlo de alguna manera, se sitúa en torno a dos cuestiones, correlativas a las dos líneas estratégicas del Poder para ‘ocultar los orígenes’ y la usurpación, a las que se refería Pascal: a un cierto nivel, siguen reteniendo información e intentando ocultar las pruebas de la matrística (libros de texto, etc.); y a otro nivel, para aquellos entornos en los que no pueden ocultar dichas pruebas, controlan su divulgación envenenándola de forma tan tendenciosa, que consiguen el mismo objetivo que con la ocultación formal. Ante un sector cada vez menos minoritario de la sociedad ya no tratan de ocultar de modo tajante la existencia de aquella sociedad –porque además de que no pueden, ese tipo de boicot les pone en evidencia, como ha ocurrido con el sabotaje de la ciudad neolítica de Hacilar en la península de Anatolia-, sino su orígen y su condición como parte del sistema autopoyético y anárquico de la vida.

 

El caso es que después de la 2ª Guerra Mundial comenzó lo que James Mellaart ha llamado ‘revolución arqueológica’, que es el desenterramiento físico de la vida humana pre-patriarcal. El/la arqueólog@ ya no trata como en otro tiempo, de encontrar tesoros de valor artístico, sino que se plantean el conocimiento de las sociedades humanas primeras; es decir, la arqueología se convierte en un medio de investigación: y lo que entonces eran conjeturas o hipótesis, más o menos fundadas, apoyadas en la mitología y en hallazgos más o menos accidentales, y sobre todo, mediatizadas por el pensamiento patriarcal, ahora se nos presenta diáfano y evidente, a pesar y en contra de la mediación cultural androcéntrica y del boicot político mencionado. En cierto modo está sucediendo algo parecido a lo sucedido con el descubrimiento de los dinosaurios. En un principio fueron objeto de todo tipo de conjeturas y leyendas. Pero, poco a poco, la aplastante evidencia de las pruebas materiales permitieron recomponer la historia bastante aproximada de este orden de animales.

 

Claro está que hay que matizar la comparación (por eso lo de ‘en cierto modo’), porque los dinosaurios no tuvieron el boicot político y la resistencia simbólica que está teniendo la matrística.

 

Hay evidencia de sociedades matrifocales humanas desde hace unos 35.000 años. Desde 33.000 años a.c. y hasta 3.000 años a.c., es decir, durante al menos, unos 30.000 años, la evidencia arqueológica prueba que la sociedad humana fue matrifocal. Los restos arqueológicos relativos a estas sociedades se van haciendo, cuantitativa y cualitativamente más significativos, a partir de hace unos 10 ó 12 mil años. De tal manera, que hoy se podría escribir –y de algún modo, ya se ha empezado– la historia de unos 7 mil años de humanidad anteriores a los 4 ó 5 mil de la Historia oficial. Desde el punto de vista cultural, lo que caracteriza a algunas sociedades neolíticas desenterradas, es un orden simbólico no manipulador, que recrea y emula el continuum gaiático. Algunos investigadores lo han llamado acertadamente ‘cultura de la Celebración de la Vida’. Lo que llama la atención más que ninguna otra cosa, es que es un arte que discurre sobre la vida misma, sin despegarse de ella, que consigue captar y fijar en sus obras los rasgos de la vida que describíamos en el capítulo anterior: la interacción entre lo vegetal y lo animal, los movimientos asociativos, la diversidad de las formas, la armonía del caos, los ciclos, la noción del tiempo en la vida, la generación y la regeneración, la sucesión, el continuum; la calidez, el bienestar, la alegría de la vida autorregulada.

 

Desde el punto de vista social, se caracteriza por la ausencia de jerarquía y de cualquier tipo de jefaturas o de instancias superiores, ausencia de jerarquización entre los sexos, ausencia de acotaciones territoriales, de guerras y de violencia, ausencia también de símbolos de prestigio o de poder.

 

Las evidencias del Paleolítico

 

En el libro de Delporte La imagen de la mujer en el arte Prehistórico (cuyo título nos atrajo precisamente porque no habla de diosas, sino de la mujer), se recopilan unas 400 y pico figuras de mujer, sin especulaciones patricéntricas o mágicas, eligiendo en su inventario un criterio geográfico precisamente para eludir cualquier otro criterio interpretativo; pero planteándose como todo el mundo, ese hecho que resulta tan extraño y sorprendente, de que la imagen de la mujer en el arte paleolítico aparezca de modo persistente, en toda Europa hasta Siberia; imágenes con vulvas, nalgas y pechos prominentes adornando dagas, flechas, buriles, peines, colgantes y punzones, entre otros, de hueso, marfil, cuerno o piedra. Es de suponer que las tallas en otros materiales más fáciles de trabajar como la madera, serían las más abundantes, pero estas no han podido llegar hasta nuestros días.

 

De la zona pirenaico-aquitana, destaca por el buen estado de conservación, la Dama de Brassempouy, tallada en marfil, con pelo o tocado estilo egipcio, con las manos apoyadas sobre grandes pechos que caen sobre su vientre en avanzado estado de gestación. Fue encontrada en 1892 junto con otras figuras similares, gestantes, una con una serpiente enroscada en la cintura, otras con tatuajes, todas con el triángulo púbico resaltado. De enormes pechos colgantes y abultadas nalgas tenemos la curiosa figura de Lespugue, con el pelo largo bien tallado.

 

De la cueva de Isturitz tenemos a dos mujeres persiguiéndose, una de ellas gestante –de la otra sólo tenemos un fragmento–, con anillos de pasador, collares de tres vueltas y brazaletes, grabadas sobre un hueso.

 

Todas las mujeres aparecen, casi sin excepción desnudas. En el valle del río Vezère, en diversos sitios se han encontrado varias piedras con vulvas grabadas lo mismo que en La Ferrassie, un importante sitio arqueológico del Perigord francés, que parecen datarse del Auriñaciense. También en dos sitios arqueológicos del Lot aparecen vulvas grabadas en las paredes. En otros lugares de esta zona, el arte parietal incluye vulvas o signos ovales y triangulares que Leroi-Gourhan ha considerado como deformaciones o estilizaciones de vulvas. En Laugerie-Basse se encontraron las famosas ‘venus impúdica’ (por tener las piernas abiertas) y ‘la mujer del reno’, echada de espaldas debajo de las patas de un reno, en avanzado estado de gestación, y aun estando grabado de perfil, el triángulo púbico y la hendidura vulvar aparecen incisas de frente para hacerlas visibles. Los artistas paleolíticos dice Delporte, han cambiado la postura de los miembrossegún la naturaleza del material de soporte y según la técnica utilizadadejando a este fin una libertad expresiva mayor… De Laussel, la bellísima ‘dama del cuerno’, de 42 cm. tiene una mano sobre el vientre y la otra sosteniendo en alto un cuerno. Los pechos, el vientre, el ombligo, el triángulo púbico, caderas y muslos, aparecen en relieve en relación al resto, de manera que como dice Delporte, cabría más hablar de escultura que de grabado. Entre otras figuras femeninas de Laussel, hay una que blande un objeto en forma de U tumbada y que algunos han interpretado como un odre (pero que pudiera tener relación con las U del neolítico que veremos más adelante).

 

Una figuración femenina de Termo-Pialat aparece en estado de gestación con la bolsa uterina también incisa para hacerla visible. Las venuses de Tursac y Sireuil, en calcita ambarina, han sido objeto de todo tipo de especulaciones, por su irrealidad (solo son reales según Delporte la esteatopigia y la gravidez) y por el pedúnculo que lleva la de Tursac. De la vulva hinchada de la mujer grávida de Monpazier dice Delporte: La vulva es extraordinaria. De una altura igual a la de las nalgas. Desproporcionada y de atroz realismo, presenta una hendidura ancha, profunda, encuadrada por labios de gran relieve (sin comentarios lo de ‘atroz’ realismo). En el Tarn aparecen figuras de mujer muy estilizadas que han hecho pensar a nuestros arqueólogos en la posibilidad de que hubiera dos razas diferentes… hipótesis que Delporte descarta por no haber encontrado ningún otro dato que lo sostenga. Se ve que cuando van por la calle no se han fijado en que por lo general las mujeres de jóvenes somos delgadas y de mayores engordamos; y engordamos a pesar de los esfuerzos que todas hacemos por no engordar debido a la presión de la escala de valores (la moda) que devalúa la gordura. Hasta tal punto hemos llegado que una mujer cree en lo más hondo de sí misma, que si engorda nadie la va a querer, lo que está dando como resultado el fenómeno de la anorexia y de las mujeres que se dejan morir de inanición, porque la vida sin amor carece de interés.

 

Las modas que han ido acompañando al modelo femenino de mujer patriarcal siempre han tenido por objeto paralizar a la mujer: desde los pies rotos de las mujeres chinas, los anillos que estiran el cuello del norte de Tailandia, los miriñaques, los corsés, las fajas, los tacones de punta de aguja, etc. Ahora como no estaríamos por la labor de llevar semejantes prendas, consiguen que todas las mujeres andemos pendientes de los regímenes y de no engordar –como requisito para ser queridas y aceptadas, como algo existencial básico– y no se preocupen de otras cosas.

 

Tras esta digresión, seguimos con el paleolítico pirenaico-aquitano.

 

En la cueva de La Magdelaine hay un precioso relieve en la pared, de una mujer joven echada con una mano debajo de la cabeza al estilo de la maja de Goya. Dice Delporte los senos se presentan normales (sic)… el vientre plano con el ‘mons veneris’ bien señalado, no hay indicio alguno de esteatopigia. Los miembros inferiores aparecen ligeramente flexionados. Ambas (hay dos) se encuentran en una posición relajada y lánguida, quizá un tanto voluptuosa. Su ‘pose’ general elegantísima y de gran naturalidad

 

En Le Gabillou llama la atención una de las pocas figuras de mujer del Paleolítico que se representa vestida con un especie de anorak, así como otra, grávida, que aparece reclinada de espaldas, con las piernas dobladas y entreabiertas dejando a la vista el orificio vaginal perfectamente grabado. De la cueva de Placard (Vilhonneur) nos han llegado mangos de asta de reno, con vulvas y ‘mons veneris’ detallademente grabados, hasta las pilosidades. En Angles sur l’Anglin, en una cueva se descubrió un friso con 4 figuraciones femeninas además de un busto, esculpidas en relieve sobre una pared. En este caso las figuraciones están en tamaño natural. En todas ellas el sexo es la parte esculpida con más detalle. Para terminar este breve resumen, citamos las representaciones femeninas de la cueva de La Marche, todavía en estudio, de la que Delporte cita 10 figuraciones femeninas en diversas posturas, sentadas, en cuclillas, de pie… el tronco es macizo, el abdomen poderoso (en la foto se ven claramente mujeres gestantes), los senos voluminosos y salientes, ya redondeados, ya en puntala mano, por lo general, muestra los dedos bien diferenciados, se posa sobre el vientre o levantada hacia delante a la altura del rostro; las caderas son muy desarrolladas, macizas… Una de ellas parece vestida y casi todas llevan brazaletes y ajorcas de piedra. En esa zona los senos tallados en trozos de hueso o los triángulos púbicos en incisivos de caballo –hay una serie de 55 incisivos en La Marche– proliferan y se van convirtiendo en signos convencionales. En esta parte de la Aquitania se han encontrado más de 20 estatuillas y una docena de esculturas femeninas en relieve.

 

Pido excusas por esta larga parrafada. Es tan sólo un brevísimo resumen de la recopilación de Delporte de las imágenes femeninas sólo de la zona pirenaica-aquitana. Delporte sigue luego con los grupos itálico, renano-danubiano, ruso y siberiano, que tampoco lo abarcan todo (sin ir más lejos no se incluyen las de la península Ibérica o las de las Islas Británicas, por ejemplo, la cueva de Zubialde en Alava, con vulvas, figuraciones femeninas y un grupo de serpientes ondeando en paralelo). El objeto de este resumen es presentar un botón de muestra que ayude a ir penetrando en un mundo y en una cultura que no podemos definir con conceptos porque está fuera de nuestra Realidad y de nuestro lenguaje; reparar en la singularidad y en la importancia específica que tiene la figuración femenina en el arte paleolítico; y entender la perplejidad de l@s erudit@s arqueólog@s que les ha llevado a estrujarse los sesos para entender las motivaciones de estas representaciones.

 

Vamos nosotr@s a intentarlo también, teniendo en cuenta la perspectiva gaiática de la vida humana, y un punto de vista no patriarcal. En primer lugar, hay que partir de que en el Paleolítico, como luego en el Neolítico, el sexo no se había instituído en tabú ni era objeto de represión alguna. Sin inhibiciones, ni pudor ni recato, el sexo y la búsqueda del placer corporal formaría parte de su vida cotidiana, y se practicaría de forma espontánea sin reglamentación alguna.

 

Por otra parte, el hecho de que los cuerpos femeninos se representasen desnudos no quiere decir que no utilizaran vestimenta alguna. Sobre esto también debemos ir rompiendo esquemas, porque cada vez son más las pruebas que indican que, incluso en el Paleolítico, la cultura humana estaba muchísimo más desarrollada de lo que nos han hecho pensar las imágenes de las tiras cómicas.

 

Sin ir más lejos, un artículo firmado por Ignacio F. Bayo en El País, se titula: La sofisticada moda del paleolítico. Dicho artículo resume un trabajo de un grupo de arqueológ@s de la Universidad de Illinois, y afirma que nuestros antepasados del paleolítico vestían ropas muy elaboradas y utilizaban gran variedad de adornos hace 27.000 años El hallazgo parece demostrar que la producción de cuerdas y tejidos mediante trenzado de fibras vegetales es mucho más antiguo de lo que se pensaba tecnologías asociadas hasta ahora con períodos mas tardíos(se trata de un total de) 80 impresiones grabadas en trozos de arcilla encontrados en yacimientos europeos, especialmente en la Republica ChecaMultitud de formas y materias diferentesgran diversidad de objetos como gorros, cintas, collares, cinturones, faldas, vendas y lienzos. Algunos recuerdan las ropas y adornos representados en algunas figurillas de la época, conocidas como Venus paleolíticas o esteatopigiasLejos de la idea de monótona indumentariaapenas cubiertos con pieles de animales toscamente trabajadas (tenemos) ropas y adornos sofisticados

 

El hecho de que la gran mayoría de las representaciones femeninas sean desnudas, pese al uso al parecer habitual de vestimentas ‘sofisticadas’, tiene una significación. Nosotr@s nos representamos vestid@s, porque así es la imagen que tenemos de nostr@s mism@s, una imagen que oculta nuestros cuerpos; de hecho, nuestros cuerpos sólo tienen que ver con lo que somos, en el sentido de su ajuste con lo que se llama la ‘figura’, el modelo estético del momento. Nuestro modo de vivir y de ser descansa en una ruptura y dicotomización cuerpo/mente; el cuerpo está escondido, oculto por las ropas, el pudor, la vergüenza; siempre hay alguna parte de nuestro cuerpo que no se ajusta al modelo culturalmente establecido; alguna arruga, algún michelín, algún centímetro más aquí o allá. El vestido además tiene que contribuir a modelarnos, a adaptar nuestro cuerpo a la ‘figura’: esto me queda bien, esto te queda fatal, me hace gorda, etc. Allí nos encontramos con una cultura de los cuerpos vivos, de donde mana y sale toda la producción intelectual, toda la abstracción, todas las ideas, toda la producción artística, sin dicotomizaciones ni rupturas. Ell@s, a pesar de ir habitualmente vestid@s se representan desnud@s, quitándose algo que para ell@s, en el momento de plasmar su imagen, es supérfluo o accidental. Estamos ante un arte vinculado a la vida, que no podemos definir con palabras y al que hay que aproximarse intuitivamente, dando explicaciones y definiendo las pruebas con detalle para lograr una representación aproximada en nuestras mentes.

 

Delporte a veces emplea el sencillo término de ‘natural’ para referirse a ella, y dice que es lógico que en una sociedad así,‘natural’, sin el tabú del sexo ni prohibiciones al respecto, se hayan representado profusamente los cuerpos desnudos sin velos ni taparrabos; y no sólo sin prendas que ocultasen el sexo, sino al contrario, acentuándolo como una parte del cuerpo que se quisiera realzar, no por una cuestión mística, sino porque el proceso sexual, el proceso de expansión del placer es el proceso productivo vital per se (Reich).

 

Pero, ¿por qué la abundancia de las estatuillas femeninas y la sistemática representación sólo de uno de los dos sexos, el femenino? ¿Por qué sucede esto lo mismo en el Sur de Europa que en Asia, en zonas tan distantes entre sí de nuestro planeta, y entre las cuales la comunicación era casi inexistente, y manteniéndose esta abundancia y esta constante representación durante los 22.000 años de Paleolítico estudiados por nuestr@s arqueológ@s?

 

Esta cuestión (la del por qué de esta representación únicamente del sexo femenino y de las mujeres), qué duda cabe, es un hecho, una realidad con minúscula, que destaca y sobresale por encima de cualquier otra cuestión relativa a los primeros milenios de humanidad, y que resulta ineludible para cualquiera que se haya acercado a este periodo de nuestra historia (por eso la necesidad de encontrar algo que lo explique). Delporte dedica un capítulo de su libro a recopilar las respuestas, terminando por agruparlas en dos bloques: las que atribuyen las estatuillas femeninas a razones mágicas, y las que las atribuyen a razones meramente estéticas.

 

La gran distinción es, a fin de cuentas, la que separa el arte utilitario del arte gratuito, lo que nosotros podemos llamar, el arte de intención y el arte de expresión.

En esta clasificación, Delporte se aproxima a lo que creo que es la clave que separa el arte y lo simbólico pre-patriarcales de los nuestros: se trata de un arte y una símbolización para recrear la vida y no como instrumento
de manipulación; aunque esta clasificación que propongo no es exactamente la misma que la que propone Delporte, porque no es lo mismo ‘razones estéticas’ que ‘recreación de la vida’, ni es lo mismo ‘utilidad’
y ‘manipulación’. La estética es una cuestión cultural, es decir, moldeable.

No tiene nada que ver la estética de los palacios versallescos con la estética de un pueblo sobre una lomera de un campo andaluz; no es la misma estética la de una señora empelucada, maquillada, enjoyada y con abrigos de pieles, que la de una campesina andina con faldas, gorro y refajos de vivos colores. Con esto lo que se quiere decir es que la estética no es neutra. La estética tiene una importante componente de ostentación de atributos de Poder, de rasgos distintivos que indican el grado que se ocupa en la jerarquía social. Como señala Delporte, puede haber compromiso entre la estética y la magia utilitaria y manipuladora (por ejemplo, la estética de una iglesia románica); pero entre la recreación de la vida y la manipulación de la misma, el compromiso es más difícil.

Delporte ofrece una clara resistencia a esta pirueta de llamar ‘diosas’ a las figuras de mujer paleolíticas, en lugar de ‘venus’, como las habían denominado los primer@s arqueólog@s, y a aceptar la conclusión de la existencia de una religión femenina; tan evidente y molesta es su neutralidad o prudencia al respecto, que en la edición de la editorial Istmo de la versión en castellano de su libro, han metido, no sólo un prólogo de José Manuel Gomez Tabanera (¡autor de un libro titulado “Las religiones en la prehistoria”!) dando por sentada la motivación mágica etc., sino que con verdadero descaro y falta de respeto hacia el autor del libro, han colado un postfacio titulado “Una autorizada opinión académica sobre la presente obra”, de F. Jordá Cerdá en el que lo critica abiertamente, insistiendo en la supuesta religiosidad de nuestr@s antepasad@s etc., etc. Sólo falta que a la Dama de Elche y a la Dama de Baza nos las reconviertan en las Diosas de Elche y de Baza!.

Pero hay otro aspecto de la cuestión muy importante que Delporte plantea así:

Teniendo en cuenta las preocupaciones sexuales que parecen haber constituido un particular temario entre los artistas paleolíticos… se podría esperar una representación más frecuente de ayuntamientos sexuales, pero
como ha hecho observar Leroi-Gourhan, no se conoce alguno que no pueda ser discutido.

Hay que decir que las figuraciones que se consideran como posibles cópulas –y al parecer nada probables– son únicamente tres, mientras que el sexo femenino y las figuras de mujer son representadas sistemáticamente
(incluso desde el Auriñaciense –comienzo del Paleolítico Superior).

Y a continuación dice Delporte que incluso la más verosímil, la de Laussel, da bastante que pensar.

Por su parte,Marise de Choisy, autora cuyo estudio de la sexualidad la ha hecho adentrarse en el arte paleolítico y que coincide con Delporte en señalar la importancia del sexo en dicha cultura, sólo cita una pintura
encontrada en el Sahara18 en la que una línea une a dos personas; este trazo para De Choisy representaría el fluído de la energía sexual entre ellas; y es lo único que se puede asociar o que puede hacer referencia a una cópula.

El caso es que, para Delporte es un auténtico enigma, el que por una parte el sexo no fuera tabú todavía, pero que no se representasen cópulas; esta contradicción la recoge así en las conclusiones de su libro:
Ciertamente que las representaciones femeninas podrían ser únicamente la traducción de la noción de madre o de la de mujer, implicando en un caso un sentido reproductivo y en otro un sentido erótico… Pero… tal hipótesis supondría, en una sociedad que cabría calificar de ‘natural’, la reproducción frecuente de escenas de apareamiento.

Sería lo lógico, en efecto, según nuestra cultura actual, que el hombre y la mujer del Paleolítico, en una sociedad ‘natural’ sin tabúes en lo referente a la práctica del sexo, reflejara en su arte el goce del sexo, representándolo en escenas de apareamiento.

Aquí Delporte pone ya el dedo en la llaga, porque el supuesto enigma no se puede resolver desde la perspectiva y la lógica de la sexualidad falocéntrica de nuestra sociedad patriarcal, que se manifiesta únicamente en
torno al coito, y que ha anulado la sexualidad de la mujer.

¿Cómo se va a entender el arte paleolítico desde un mundo en el que, como dijo Freud, sólo existe el sexo masculino, y el femenino se ha definido en negativo, como un sujeto humano castrado, que carece de pene?
Si querían recrear y representar el sexo, ¿para qué representar un cuerpo castrado? ¿Cómo no va a haber desconcierto y extrañeza, cuando se ha borrado de nuestro lenguaje y de nuestra idea del mundo y de la vida, la
sexualidad específica de la mujer y su papel fundamental en la sociedad humana?

Entonces el desconcierto ante las representaciones de mujeres del Paleolítico se debe a que lo que nuestr@s antepasad@s pintaban y esculpían es algo que, como decía Lea Melandri, se ha excluído de nuestra forma
de existencia actual; algo de lo que sólo quedan vestigios a los que se han aludido con lo del famoso continente negro, o como lo ignoto, lo oscuro, remoto, sombrío (Freud), lo jamás definido, (Groddeck), etc..Y como nuestra sexualidad y nuestra forma propia de existir han desaparecido de nuestro mundo, el campo queda libre para falsear las representaciones de nuestras antepasadas y atribuirlas a supuestas creencias mágicas. Pero la mujer que la sociedad patriarcal ha erradicado de este mundo está ahí, reflejada en ese arte que tanto desconcierto siembra.

A pesar de estar excluídas de nuestro mundo, la falta de representación simbólica de la mujer y de la madre en nuestra sociedad ha sido detectada y denunciada desde cierto sector del feminismo; porque hay
algo de ellas que, aunque su expansión y expresión estén bloqueadas en la producción social, sigue latiendo en el fondo de nuestro ser psicosomático.

Refiriéndose a esta falta, dice Luce Irigaray, ¿Dónde quedan, para nosotras, lo imaginario y lo simbólico de la vida intrauterina y del primer cuerpo a cuerpo con la madre? ¿En que noche, en qué locura quedan abandonados?

Deseo loco, esta relación con la madre, ya que constituye el ‘continente negro’ por excelencia. Permanece en la sombra de nuestra cultura, es su sombra y sus infiernos…

Deseo loco, deseo negado, deseo reprimido, silenciado; en la sombra de nuestra cultura y en las profundidades de nuestro inconsciente.

Enterrado en los infiernos, como los hijos de Gea; desterrado en el Hades donde está toda la vida que no debe ser. Por eso decía Freud que todo, en el ámbito de la primera vinculación con la madre, me parece difícil de captar analíticamente, oscuro, remoto, sombrío, difícil de devolver a la vida, como si hubiera caído bajo una represión particularmente inexorable.

Con el destierro y la satanización de la sexualidad de la mujer, una gran parte del ser psicosomático humano masculino y femenino quedó también desterrado en el Hades, como lo fueron en la mitología los hijos de Gea. Por eso todo lo que tiene que ver con el vínculo con la madre, la sexualidad básica y la producción deseante de las criaturas que garantiza el continuum autorregulador de sus vidas, está excluido de nuestra conciencia
y de nuestra imaginación, habita en un mundo distinto al nuestro, a donde nos estamos adentrando de la mano de la mitología, de la arqueología y también del psicoanálisis.

El orden social, nuestra cultura, el mismo psicoanálisis, así lo quieren: la madre debe permanecer prohibida.

Estamos, pues, tratando de viajar a otra sociedad, a otro mundo, a otra mujer, de una cultura anterior a la prohibición de la otra forma de ser mujer, de la madre y de la maternidad. Pero no es un viaje de recreo; es un combate, un asalto… a nuestra propia conciencia; es un cuestionamiento de la percepción que tenemos de nosotr@s mism@s, de nuestro ser psicosomático, para reconocer en él lo que nos ha sido ocultado.

¿Pueden estas imágenes y las que veremos a continuación, ayudarnos a evocar el cuerpo y el latido materno compartidos; a imaginar la pasión benefactora manando de ese cuerpo, y su deseo de nuestra existencia?

¿Pueden ayudarnos a pensarnos relajadas en ese regazo, pegadas a esa piel, saciando nuestro anhelo –boca, lengua, estómago– de sus líquidos?

¿Pueden ayudarnos a reconocer ese deseo negado del lametazo materno?

¿A sentirnos la criatura inocente, confiada y saciada que nuestro inconsciente sabe que hemos sido y que desea que volviéramos a ser? ¿A recuperar nuestro estado de criatura deseante y saciante? Y entonces y por lo tanto, recuperar también nuestros cuerpos de mujeres capaces de ese latido y deesa pasión productoras de criaturas saciadas y deseantes.

1. Dama del Cuerno. Paleolítico, 20-25.000 a.c. (Francia). 

 

2. Lespugue. Paleolítico, 21.000 a.c. (Francia). 


 

 

3. Dolno-Vestonice (Checoslovaquia). ¿juguetes sexuales?

 


5. Dama de Brassempouy, paleolítico (Francia).

 

 

 

6. Moravany, estatuilla. Paleolítico (Eslovaquia).

 

 

 

7. Petrkovice, estatuilla. Paleolítico (Norte de Moravia, Checoslovaquia).

 

 


8. Zubialde (Alava). 

Con la exclusión de la mujer, se destruye la capacidad humana, masculina y femenina, de desear y amar lo deseable y lo amable. En el Hades está la mujer prohibida, en el Infierno la lascivia y la maldad femenil; es ecir, el amor de la madre verdadera que brota de la interacción libidinal del estado de simbiosis de la etapa primal, y la condición humana en sintonía gaiática.

La primera vez que dirigí la mirada a las imágenes del Paleolítico y del Neolítico dándome cuenta de lo que estaba viendo, que no eran simplemente maravillas artísticas, que eran la representación de un mundo con adre, de un mundo con mujeres verdaderas, cuerpos sólidos, macizos, compactos, fundamentales, pisando tierra, surcando aguas y aires, haciendo el fuego del bienestar doméstico; cuerpos cambiantes, valiosos y libres –no mujeres-objeto, no mujeres prostituídas ni esclavizadas– me embargó una emoción especial, algo se movió dentro de cada célula de mi cuerpo, la piel se me puso de carne de gallina y los ojos se me llenaron de lágrimas, como si estuviera ante el mayor prodigio jamás contemplado.

¡Cómo pueden cambiar las cosas, según los ojos con los que se miren! ¡Cómo pueden influir los prejuicios, las ideas preconcebidas para transformar la percepción de las cosas! ¡Qué horror la campaña de deificación e la imagen de la mujer que puede seguir cegando y haciendo invisible la evidencia de sus cuerpos!

Hay, pues, que empezar a pensar y a imaginarse lo que puede ser el despliegue social de la sexualidad de la mujer, alentando la simbiosis primaria del ser humano; imaginarnos creciendo en el ‘muttertum’; imaginarnos omo seríamos después l@s adult@s crecid@s en el ‘muttertum’, con las criaturas pequeñas saltando de regazo en regazo, chupando y lamiendo, incorporadas a nuestros cuerpos en todo el quehacer cotidiano.

Imaginarnos los grupos humanos formados no al lado, no en contra, no a pesar de los inconvenientes de la crianza, sino en función de ella, para protegerla y cuidarla como el bien más preciado del grupo. Ni tuya ni ía, las criaturas serían de los grupos humanos, no por ley, no por decreto establecido, sino por la cualidad de la energía libidinal. Por eso, su bienestar sería de hecho el de tod@s. Y si un grupo humano se pone a funcionar teniendo como lo primordial el bienestar inmediato y el cuidado de la pequeña criatura, recuperaría el impulso vital de búsqueda del bienestar; haría volver la sabiduría perdida, el impulso general por el cuidado e los demás que ha sido sustituido hoy por el afán de dinero y de éxito.

Como decía Wilhem Reich24: La civilización empezará el día en que el bienestar del recién nacido prevalezca sobre cualquier otra consideración.

Es decir, recuperaríamos el mundo donde la madre amante de sus criaturas no sólo no estuviera prohibida, sino por el contrario, estuviera considerada como lo más benafactor de la condición humana, tanto para l despliegue de la sexualidad primaria, como para la conservación del grupo, como foco y factor de cohesión y de fraternidad; como punto de partida y de vertebración del tejido social formado por la ayuda mutua.

Ya vimos como Bachofen decía que la maternidad y el amor y los cuidados maternales (sic) fueron el orígen de la cultura. Más adelante Bachofen vuelve a afirmar que el principio de la fraternidad descansa en la maternidad 25 (1) El amor procedente del entorno materno(2) no sólo es más tierno sino también más general, más universal. Tácito, que menciona esta idea restringida a la relación de hermanas entre los germanos, no se percata de su pleno significado, ni tampoco del amplio despliegue que ha obtenido en la historia.

Si en el principio paterno (väterlichen Prinzip) impera el límite, en lo maternal(3) rige la universalidad; si el primero conlleva siempre la reducción a  pequeños círculos, el segundo no conoce limitaciones, tan pocas como la naturaleza.

 (1) Seguimos con la traducción de Begoña Ariño, aunque desde nuestro punto de vista también adolece de falta de objetividad y del mismo reparo en utilizar conceptos como el de ‘maternal’ y ‘materno’ para hablar de impulso socializador y casi siempre opta por cambiarlos por ‘matriarcal’ o ‘principio materno’ (como si ‘principio materno’ fuera algo más abstracto, una categoría social más distante de la voz ‘maternal’ que alude directamente a lo corporal y emocional, y a actitudes cotidianas y privadas). Hemos optado por respetar su traducción, pero cambiando los términos allí donde aparece ‘matriarcal’ o ‘principio materno’ como traducción de ‘muttertum’ o ‘mutterlich’. En estos casos, el término cambiado aparece en negrita, señalando en una nota a pie de página el oríginal alemán y la traducción de Ariño. Hay que tener en cuenta que Bachofen emplea el término ‘gynecocratie’ para el tipo de organización social que se dió en algunos lugares como preámbulo del desarrollo de la paternidad, como algo distinto del ‘muttertum’ y del ‘mutterlich’, y sin embargo los tres términos alemanes (gynecocratie,muttertum y mutterlich) se traducen indistintamente según el arbitrio de Ariño por ‘matriarcal’ o por ‘principio materno’.También Bachofen cuando quiere decir ‘principio’ materno lo pone  explícitamente (Mutterprinzip). Los demás cambios los señalamos con notas aclaratorias específicas. El resto corresponde a la traducción de Ariño.

(2) en alemán original: muttertum;‘principio materno’ en traducción citada,T. a partir de ahora.

(3) en alemán original: mutterlich; ‘principio materno’ en T. Aquí Ariño no se da cuenta de que si Bachofen hubiese querido homologar ‘principio materno’ a ‘principio paterno’ hubiera puesto también ‘mutterlich Prinzip’, pero sólo ha puesto ‘mutterlich’.

(4) en alemán original: muttertum;‘matriarcado’ en T.

La fraternidad universal de todos los hombres procede de lo materno(4) procreador, y su realidad y reconocimiento sucumbirán con el desarrollo de la paternidad (Paternität)… La familia fundada sobre el derecho paterno (Väte-rrecht) se encierra en un organismo individual. La familia basada en el derecho materno (1) por el contrario, posee el carácter universal típico que caracteriza a los comienzos de toda evolución y que distingue a la vida corporal (2) de la espiritual… Cada seno de mujer traerá al mundo niños que serán entre ellos hermanas y hermanos, hasta que el desarrollo de la paternidad (Paternität) disuelva esa unidad y la indiferenciación quede superada por el principio de la diferenciación y la división. (Aclaración : indiferenciación = igualdad; diferenciación y división = segregación y jerarquía, por sexo, orden de nacimiento, reconocimiento paterno y de la familia patriarcal, etc.)

En los estadios de la matrística (3) ese aspecto del principio materno (mutterprinzips) alcanzó multitud de expresiones variadas… En él se funda el principio de libertad e igualdad universales, que a menudo encontramos omo rasgos esenciales de la vida de los pueblos ginecocráticos (gynaikokratischer), y a él se debe también la Philoxenia u hospitalidad [negritas nuestras] … el significado abarcante de ciertos términos…ya que todos los miembros del estado eran considerados familiares debido a su procedencia común de una misma madre, la tierra…Sobre todo se ha alabado en los estados ginecocráticos la ausencia de disensiones internas y su rechazo de la discordia.

Aquellas solemnes asambleas comunales [negritas nuestras] o ‘panegirios’ que todo el pueblo celebraba compartiendo un sentimiento de fraternidad…

El tejido de costumbres del mundo ginecocrático está rodeado de un halo de benévola humanidad,…y le otorga un carácter que permite reconocer de nuevo todo lo que el universo materno conlleva de benéfico. Estas generaciones humanas primitivas, que subordinadas en todo su ser a la ley de la madre proporcionaron a la posteridad los rasgos esenciales de la imagen de la edad de plata de la humanidad, aparecen bajo el aspecto de una ingenuidad saturna. Qué comprensible resulta ahora el realce de la madre y de sus continuos y esmerados cuidados, tal y como lo describe Hesíodo, así como la eterna minoría de edad de los hijos que siguiendo una evolución más corporal que espiritual, disfrutan hasta una edad avanzada de la paz y la plenitud que la vida agrícola ofrece al amparo de la madre; estas imágenes corresponden a la de una felicidad perdida [negritas nuestras], sustentada siempre

(1) en alemán original: mutterrecht; familia matriarcal en T. Aquí por el contrario, traduce ‘vaterrecht’ por ‘derecho paterno’ y en cambio ‘mutterrecht’ por ‘matriarcado’ Siempre barriendo para dentro.

(2) Ariño había puesto ‘material’ pero la traducción literal es ‘cuerpo’; también aquí hay resistencias a reconocer el lugar social del cuerpo materno.

(3) en alemán oriaginal: In denMutterstaaten; ‘en los estados matriarcales’ en la T. El alemán de Bachofen es Mutter (madre) y staaten (estadio o estado), lo que no se puede traducir por ‘matriarcado’ o ‘ginecocracia’; lo más acertado es introducir ya el concepto de ‘matrística’ por el dominio de lo maternal(1), y remiten a aquellas ‘archeia phyla gynaikon (generaciones primitivas de mujeres) con las que desapareció la paz sobre la tierra. La historicidad del mito encuentra aquí una sorprendente confirmación.

Ni… la fantasía, ni… la poesía… deben desfigurar el núcleo histórico de la tradición, ni ensombrecer el carácter esencial de la existencia humana(2) arcaica y su significación para la vida.

La dificultad de traducir a Bachofen es en parte la misma dificultad de comprender el valor social del cuerpo y del amor materno; la misma resistencia a traducir ‘mutterlich’ y ‘muttertum’. Pero si tan solo tuviéramos  en cuenta aquello de Deleuze y Guattari de que ‘el campo social está recorrido por el deseo’26, un deseo que no sale de las páginas de los códices ni de los despachos de los ministerios, sino de los cuerpos vivos; o si pensamos un poco en la obra de Wilhem Reich dedicada a probar la función social de la líbido; si hacemos un esfuerzo por imaginar en la práctica la afirmación teórica de que la dimensión libidinal de la vida humana juega un papel esencial en la organización social, nos resultaría más fácil traducir a Bachofen; es decir, entender la vertebración de las relaciones humanas desde lo maternal, desde la líbido que fluye de los cuerpos; una verdad tan sencilla y que nos cuesta tanto aceptar acostumbrad@s a entender las relaciones humanas reguladas por la Ley.

De hecho así fue y así ha sido siempre. Bachofen asocia explícitamente heterismo (relaciones sexuales espontáneas) con muttertum y mutterlich, como la civilización primera y original humana (por cierto, que también se suele traducir ‘heterismo’ por ‘prostitución’, y en los diccionarios ‘hetaira’ es sinónimo de ‘prostituta’); ginecocracia con matrimonio demétrico y filiación matrilineal como una fase previa al desarrollo de la paternidad; del periodo que venimos llamando de transición. La ausencia de reglamentación en las relaciones sexuales, la reglamentación, y dentro de la reglamentación, los diferentes tipos de la misma, son cuestiones claves para determinar un modo de vida y una organización social.

(1) en alemán original:‘muttertum’;‘matriarcado para T.

(2) Hemos puesto la traducción literal ‘existencia humana’ donde Ariño traduce como ‘hombre’; esto se produce en otros párrafos también.


Prescott (Body pleasure and the origins of violence27 (literalmente,’el placer corporal y los orígenes de la violencia’)) realizó un sorprendente estudio comparativo en 50 tribus; observó en todas ellas los siguientes aspectos: el trato corporal del bebe y de la infancia en general, el grado de represión o libertad de la sexualidad de la mujer, y el grado de violen cia general. La correlación de los dos primeros indicadores con el grado de violencia era estadísticamente significativa: a menor grado de placer corporal en la infancia y en la mujer, mayor grado de violencia en la sociedad estudiada.

No se trata sólo de cuestionar el coito como la base de toda la sexualidad, y de admitir otra sexualidad femenina y otra sexualidad primaria y común a todas las criaturas, es decir, otra sexualidad no falocéntrica –lo cual ya es mucho–; se trata de entender la función social de la líbido femenina-materna y su papel en la formación del núcleo humano; un núcleo humano que no se forma ni se estabiliza con la pareja heterosexual adulta.

De algún modo, el arte paleolítico también cobra sentido desde la perspectiva del matricidio y desde el vacío constatado por cierto sector del psicoanálisis, que ha empezado a poner sobre el tapete la falta de madre en este mundo, tanto en lo psíquico, como en lo emocional, en lo imaginario y en lo simbólico.

Pero también cruzando los datos de la arqueología con el estudio de la mitología arcaica de Bachofen, la proliferación de imágenes de mujer cobra sentido, por la función socializadora de la madre en los orígenes de nuestra civilización. Como dice Bachofen ¡Qué comprensible resulta ahora el realce de la madre! La matrística queda definida de un plumazo con el término de Bachofen ‘muttertum’; y también con la expresión de el ‘imperio’ del cuerpo concipiente.

Sigamos cruzando datos con el paleolítico; iremos viendo que cada vez queda más claro, que no tiene ningun sentido atribuir ideas religiosas a aquella etapa de nuestra historia.Vamos con el análisis de la argentina Martha Moia sobre el ginecogrupo o grupo matrifocal:

El primer vínculo social estable de la especie humana no fue la pareja heterosexual (mujer y varón) creada por el cazador, como sostiene la mayoría de científicos sociales, sino el conjunto de lazos que unen a la mujer con la criatura que da a luz… El vínculo original diádico madre/criatura se expande al agregarse otras mujeres en estado de gestación-crianza, y las que habían pasado por esas etapas, para ayudarse en la tarea común de dar y conservar la vida [negritas mías] la misma circunstancia las aúna, y el conocimiento compartido permite que cristalice la solidaridad entre ellas. Se origina así el grupo social primario, compuesto por mujeres de varias generaciones y sus proles…

Los lazos que establece la cópula en la época arcaica son momentáneos e inestables, y no parecen haber sido el elemento fundacional del grupo (…) 

 


Con frecuencia se utiliza una metáfora para hablar de las relaciones que establecen los seres humanos y se dice que conforman la tela de la sociedad.

En virtud del papel que ha desempeñado la mujer…, podríamos decir que es la urdimbre o recto del hilo; el conjunto de hilos paralelos que se colocan en el telar para empezar la tela. Es el primer paso del proceso, sin el que no podrían darse los demás. Por otra parte es la dirección del tejido que posee mayor resistencia… El hombre al entrar en relaciones específicas con la mujer, conforma la trama. La tela, entonces, es una función del enlace correcto de urdimbre y trama [negritas mías] estructura que es producto de la inserción de una dirección en la otra [negritas mías], sin que ninguna altere su curso. 

En resumen:

El ginecogrupo –y no la pareja heterosexual– es la primera forma de organización humana, original y universal. Esto significa que no es un tipo de organización cualquiera, sino la primera forma grupal que permite la consolidación de la especie en el tiempo, y que se estructura a partir de exigencias específicamente humanas, es decir, culturales y no instintivas. Dicho de otra manera, no es un resto de una forma de organización entre varias posibles, sino la original, a partir de la cual se derivarán todas las variables conocidas [negritas mías].

Para entender el ginecogrupo, como hemos señalado antes, hay que situar el papel de la sexualidad en el grupo humano y reconocer los estados sexuales de la vida humana. Es decir, leer a Moia desde la perspectiva reichiana(1); y entonces afirmar que la líbido no reprimida ni sometida a reglamentación, como lo está ahora, es la sustancia emocional que hace ‘el enlace correcto’ de urdimbre y trama del tejido social.

La metáfora que nos propone Moia de la urdimbre y la trama de la tela social, es muy interesante porque sirve para dar respuesta a los hombres contemporáneos, que ante estos planteamientos se preguntan “y ahora nosotros ¿qué pintamos en todo esto?”.

(1) Decía Reich: No sólo resulta desconcertante la organización sexual del ‘mutterrecht’, por una organización diferente de la consanguinidad, sino también por el efecto autorregulador natural que imprimía a la vida sexual. Hasta Morgan, y después de él, Engels, nadie había reconocido su auténtico fundamento, que era la ausencia de la propiedad privada de los medios de producción social.

En esta pregunta se mezclan dos cosas, una sana inquietud ante cuál va a ser ahora la relación entre los sexos, y una malsana inquietud ante la amenaza de pérdida de su Poder. Teniendo en cuenta que su Poder está asociado a la afirmación de su ego, de tal manera que la realización o desenvolvimiento de su ego exige una posición de dominación y superioridad sobre el otro sexo, la amenaza de la pérdida de este Poder es siempre una amenaza a su propia estabilidad psíquica y emocional. La dificultad para afrontar esta amenaza o esta desestabilización es tanto mayor porque la autoafirmación masculina (el Poder del sexo masculino sobre el femenino y sobre l@s hij@s), en ciertos aspectos y hasta cierto punto, se realiza sin que los propios hombres se den cuenta.

En definitiva, que si el equilibrio actual entre los sexos está basado en una relación de Poder, que en parte se produce de modo inconsciente, es lógico que el cuestionamiento de dicha relación produzca desestabilización y crisis, o cuando menos, una cierta zozobra, que no se sabe cómo manejar. Son 5000 años de cultura condensada en los egos masculinos (y femeninos).

La jerarquización de las diferencias acarrea inevitablemente envidias, unas veces conscientes y otras muy inconscientes. A las mujeres se nos ha atribuido una ‘envidia del pene’ (puesto que éramos unas castradas sin sexo); pero también hay una envidia en los hombres del sexo femenino latente, porque a pesar de la represión inexorable de nuestra sexualidad, siempre ha habido algo del sexo femenino imborrable: las mujeres siempre hemos parido. Y, como dice Laing, en el fondo del inconsciente masculino también existe la envidia del útero: La ‘envidia uterina’ de la función biológica femenina es posiblemente más profunda que la conocida envidia del pene achacada a las mujeres.

Cuando se desestabiliza el equilibrio basado en la relación de Poder, aflora del inconsciente masculino la envidia uterina latente. La envidia es un correlato de la jerarquía. La envidia es un sentimiento que impulsa o engrasa las relaciones jerárquico-expansivas, la rivalidad, la competitividad, etc.; o sea, que la envidia es una cuestión de Poder, de las relaciones de Poder que estamos cuestionando. Si en la ‘envidia del pene’ de la mujer había afán de Poder, en la ‘envidia del útero’ masculina hay afán de conservación del Poder, miedo a perderlo. Si las mujeres tenemos que salirnos de la perspectiva del Poder, dejar de vivir en ese mundo para recuperar nuestro sexo y la maternidad, el hombre tiene que rendir su Poder y rendir las corazas levantadas contra lo que amenazaba su Poder. A unque este tema se aborda en el capítulo V(1), vaya por delante que esto, en la práctica, como dice Laing, es una disolución de nuestros egos. Con esto que digo, se reconoce la inmensa dificultad que tenemos para recuperar la vida exilada en el Hades. Como es lógico, la resistencia será mayor en los hombres, porque es más difícil rendir el Poder que se tiene que dejar de perseguirlo.

(1) En realidad, se trata sólo de una aproximación, pues el análisis de los egos masculino y femenino será el objeto de la II Parte de La Rebelión de Edipo.

Pero también las mujeres tenemos un muro que romper, puesto que el paradigma de salvación que conforma nuestro ego, es un pacto de sumisión al falo. Castradas, desprovistas de nuestro sexo, las mujeres necesitamos para sobrevivir del Poder del falo, y luchamos y rivalizamos por conseguirlo.

Necesitamos el Padre que nos salva. ¿Y cómo cambiar de golpe los paradigmas, si ni siquiera nos podemos imaginar que hay algo mucho mejor que ese ideal de casarse con vestido blanco con el hombre de tu vida? Por mucho que en el fondo sepamos que luego en la vida cotidiana ese ideal no funciona, que el Poder del falo es omnímodo y se realiza  n toda la violencia necesaria, tanto física como psíquica, (y esto no es una frase sino hechos probados con las cifras de lo que eufemísticamente se llama ‘violencia doméstica’); es decir que aunque sepamos que es un ideal que se ha revelado como una falacia, al no tener otra alternativa en nuestra imaginación, atrapadas entre la compulsión de nuestro ego y la presión exterior de la Ley, empeñamos nuestras vidas en tratar de conseguirlo.

Pero por otra parte, somos criaturas que nos cuesta realizar nuestro ego, que nos cuesta ser los hombres y las mujeres que nos han ordenado que seamos. Si estamos escribiendo y leyendo estas cosas, es porque también cuesta y produce sufrimiento realizar el orden establecido.

Tenemos que darnos una oportunidad, un margen de confianza, dejar a un lado las envidias y los afanes de autoafirmación social, y quitarnos un poquito las corazas para permitirnos ver qué es eso otro que está en el Hades.

Tratar de entendernos desde la perspectiva de la vida en lugar de vernos desde la perspectiva de la Realidad del Poder. Tomemos ejemplo de nuestro cuerpo, en el que funcionan simultáneamente el corazón, el hígado, los pulmones, el cerebro, los sistemas inmunológicos, digestivos etc. etc.: cada sistema realiza su función sin jerarquización ni envidias, sino todo lo contrario; porque la armonía del conjunto depende del funcionamiento de cada parte, y el bienestar de cada parte depende del bienestar de l@s demás.

¿Por qué no pensar que puede haber otra relación entre los sexos cuya armonía dependería del desenvolvimiento y no de la represión del sexo femenino? El sexo masculino no tiene que temer la recuperación del sexo femenino, sino todo lo contrario.

La paternidad es un invento del Patriarcado, inexistente en las sociedades matrifocales. Miméticamente, el mismo Bachofen emplea el término de ‘polipáteres’ queriendo indicar que l@s niñ@s tenían muchos ‘padres’ y ninguno en especial; o sea, que todos los hombres del grupo asumían el cuidado, la protección y el aprendizaje de sus niñ@s. En la película Yo Viernes 33 se apunta una masculinidad que se determina por las criaturas (y no por la caza de mujeres o la capacidad de ligar típica de nuestro machismo): cuando Viernes se deja llevar por la nostalgia de los seres queridos perdidos, no es una ni varias mujeres lo que su alma añora con profunda tristeza, sino ‘sus’ niñ@s; y cuando Robinson Crusoe le pregunta si algun@ de ell@s es ‘hij@’ suyo,Viernes le contesta que posiblemente, pero que eso es irrelevante.Y luego cuando la tribu de Viernes está decidiendo si acogero no a Robinson Crusoe como miembro de la tribu, la amenaza que representa para sus niñ@s puede más que su extremada hospitalidad. La protección del bienestar de las criaturas es el criterio prioritario, la estrella Polar que guía a la tribu. En este tipo de sociedad, la función masculina tiene su sentido benefactor y los hombres no tienen envidia ni necesidad de matar a la madre, ni de suplantarla, sino todo lo contrario, de velar para que a ningún niñ@ le falte su madre durante la exterogestación.

El concepto de paternidad ha ido evolucionando con los ajustes que el Patriarcado ha ido realizando. En los comienzos, cuando la falocracia se ejercía al descubierto y sin camuflajes, no se revestía de ningún hálito libidinal. Era adoptiva, y cuanto más Poder tenía un hombre, más Poder tenía para escoger los hijos que le parecieran mejores, fuera quien fuera la madre.

Hoy el Poder del sexo masculino se realiza de formas más sutiles; la paternidad se homologa a la maternidad, para mayor confusión de las funciones de los sexos. El paradigma de padre moderno se presenta con  un tinte de ternura y de amor, y puede presentarse homólogo al de la madre en la medida en que el ‘amor’ maternal hoy es tan solo un sucedáneo del verdadero amor materno, desvinculado de la sexualidad femenina.

Quitando a la maternidad su contenido libidinal, la homologación teórica es fácil, aunque luego las estadísticas, no se sabe por qué, prueban que en la práctica tal homologación es inexistente. La metáfora de Moia de la urdimbre y la trama es excelente, porque afirma ambas funciones, la femenina y la masculina, y no excluye ninguna de la dos; y al mismo tiempo que señala su diferente dirección, sin que ninguna altere el curso de la otra, indica su encaje, su íntimo entrecruzamiento.

La aclaración tiene que servir para que los hombres no traten de suplantar o de interferir en la función de la líbido femenino-materna, sino de protegerla, de cuidar de que a ninguna criatura le falte su madre. En estos momentos en que hay un movimiento en marcha para recuperar la maternidad, con toda su fuerza y su vitalidad, existe el peligro de que los hombres quieran seguir los pasos de la Medicina en la usurpación de la misma.

Es muy duro perder la hegemonía y el Poder. Pero los que verdaderamente quieran ir al restablecimiento de la armonía entre los sexos y entre las generaciones, verán que lo que tienen que ganar vale mucho más que lo que dejan. Su amor y su ternura encajarán perfectamente el día en que se deje seguir su curso a la función materna, porque esa función es la promotora de la sexualidad básica humana que alcanza su punto de inflexión hacia los dos años de edad; un período de la vida humana de fuerte expansión de la sensibilidad y del placer corporal, que ahora no sólo se pierden l@s niñ@s y las mujeres, sino también los hombres. Ni envidia del pene, ni, ahora que nos planteamos recuperar nuestro sexo y la maternidad, envidia del útero. Hay que empezar a imaginar la expansión de la sexualidad que el despliegue de la diferencia nos traería.

La homologación paternidad/maternidad descansa en la necesidad del ego masculino de negar la maternidad y de afirmar su superioridad sobre el sexo femenino. Este ego no puede tolerar que haya una función  social benefactora para la vida fuera de su control. No puede tolerar que las mujeres cooperen entre sí para realizar esa función social que les es propia por su sexo, y por eso, a través de la Medicina, ha conseguido el control de los embarazos, de los partos y de la crianza, rompiendo las redes de ayuda mutua entre las mujeres, los vínculos de sororidad, los restos de urdimbre que existían.

El concepto moderno de paternidad (homologado a la maternidad) se presenta como un factor de la emancipación de la mujer, pero en realidad, es la forma moderna de encubrir el matricidio. Otro factor de confusión es el trabajo asalariado que es un modo de trabajo que consagra esta forma de existir en la que la mujer y la maternidad no tienen cabida. Nunca antes del patriarcado y durante millones de años el trabajo fue incompatible con la maternidad. Y ahora, en lugar de denunciar y cuestionar el trabajo asalariado, cuya disciplina y rigidez lo hace incompatible con la maternidad, se le presenta como la panacea de la emancipación de la mujer (y el que la baja de maternidad la puede disfrutar el padre, como una gran conquista). La realidad es que, para no cuestionar el Capital (ni el Poder del sexo masculino) lo que se cuestiona es la maternidad, lo cual resulta más fácil porque ya está cuestionada. Y entre tanto a nadie le duele la cantidad de líbido materna que se sustrae a las criaturas (y a la sociedad en general).

La homologación de las funciones femenina y masculina encubre una brutal represión de la sexualidad femenina y de la sexualidad básica humana en general. La urdimbre sin la trama no forma tejido. El óvulo sin el espermatozoide no hace el zigoto. La urdimbre sola no se mantiene; la urdimbre se tiende para que la cruce la trama y formar tejido. Como señala Moia, los hilos de la urdimbre van en una dirección, y los de la trama en otra, y el sentido de cada uno cobra sentido con el sentido del otro, valga la redundancia. Como indica Moia, las direcciones son distintas, o sea, sus funciones son distintas.

Lo que ocurre es que esta diferencia hoy no es visible estando la sexualidad básica prohibida, la libido femenina bloqueada, el sexo femenino borrado de nuestra imaginación y masculinizado, y la sociedad hecha de relaciones adultas, falocéntricas y jerarquizadas, que organizan la supervivencia con cuerpos acorazados y con sucedáneos de líbido. Las pulsiones sexuales que brotan están manipuladas y desviadas de su sentido autorregulador. La moral vigente acorde con la Ley, sólo tolera la voluptuosidad femenina en las relaciones coitales; y por eso crea el modelo de buena madre libidinalmente aséptica, representado por la Virgen María, etc.etc., y también crea el concepto de ‘lascivia’ para malignizar toda la sexualidad femenina que se sale del falocentrismo y de la exclusividad matrimonial.

En cuanto a las pulsiones sexuales masculinas, esta moral las ha cargado de prepotencia; es decir, que en lugar de realizar la función autorreguladora de la vida, tienen que realizar el ego masculino con su orgullo y su machismo más o menos sutil y encubierto. Vivimos en un estado no sólo falocéntrico sino además falocrático. Lo que llamamos ‘amor’ es una patología del amor, es sadomasoquismo.

En estas circunstancias es muy difícil comprender qué sería la urdimbre y qué sería la trama, y qué sería ese ‘enlace correcto’, es decir, la armonía de los sexos.

En este descenso al Hades nos vamos a ir encontrando con obstáculos y resistencias que nos cierran el paso: son los paradigmas de supervivencia a los que nos aferramos en la etapa primal de nuestras vidas. Estas resistencias, junto con la ignorancia de lo que en verdad es nuestra condición, forman el hormigón armado de nuestra coraza psicosomática, encima de la cual vive nuestro ego.

Por urdimbre hay que entender ante todo una relación libidinal con la criatura, durante el embarazo, el parto y la exterogestación, que corresponde al sexo femenino, no al masculino. Hay que defender esta relación y dejar que toda la producción libidinal se vaya encajando. Pues no se está pidiendo una exclusión de los hombres, sino una participación que no altere ni se interponga en la función femenino-materna, lo cual no  supondría una disminución de su participación sino todo lo contrario, pues tendría lugar una notable expansión de la misma y una notable expansión de su sexualidad tanto cuantitativa como cualitativamente.

Todo esto lleva a la reivindicación de la condición masculina que está antes y por debajo de los egos, que aunque no puntúe en la escala de valores del Poder, es fundamental a efectos del derramamiento de la vida y del bienestar de las criaturas. Claro que no estamos en el Neolítico ni tenemos la tribu de Viernes, y toda esta reivindicación desborda la familia actual. Pero si nos queremos poner en camino hacia otro modo de vida y de relaciones humanas, hay que saber hacia donde vamos; hay que saber lo que en verdad es la vida y lo que somos, para comprender lo que nos hace sufrir, y entonces establecer los pactos de supervivencia más  convenientes, buscar pequeñas alternativas, lo menos malo, lo más prioritario en cada momento.

Dice Moia que primero van los hilos de la urdimbre. Si no se ponen bien estos hilos, luego la tela sale mal; por mucho empeño que se ponga, la trama no se puede tender para realizar el tejido; pero si a este tejido le ponemos un nombre, el del bienestar de las criaturas, entonces la protección de la díada madre-criatura aparece efectivamente como el criterio prioritario de cualquier sociedad en sintonía gaiática. Creo sinceramente que cuando se tienda verdaderamente la urdimbre, el papel del sexo masculino, su función, ‘el enlace correcto’, fluirá sin dificultad alguna.

En estos momentos sólo podemos decir a los hombres que respeten nuestro esfuerzo por recuperar la simbiosis madre-criatura sin sentirse marginados o despreciados; tod@s tenemos que confiar, como dice Reich, en la líbido autorreguladora de la vida. Las mujeres tenemos que recuperar la confianza en nuestros cuerpos, y los hombres comprender que hasta que no recuperemos la maternidad y tendamos la urdimbre, no podránellos insertar la trama. Y entender también por qué la líbido es autorreguladora; que la emoción erótica brota cuando y para lo que brota, para la autorregulación de la condición humana. Cuando se reprime o se bloquea y se trata de reconducir o de dejar salir según un orden antigaiático, que no es el del continuum, se producen todo tipo de patologías y mal-estares físicos y psíquicos.

Ni la mujer ni el hombre estamos hechos para la pareja heterosexual monogámica estable. Las que existen y duran es por la subsistencia económica y/o porque resulta un mal menor en un mundo afectivamente devastado. Pero la cópula es en sí misma un acto sexual puntual; de hecho, las criaturas nacen igual de una relación ocasional que haya tenido la madre, que de una relación larga y estable; la líbido de la cópula no crea urdimbre. Si la pareja heterosexual monogámica fuera el entorno adecuado para las criaturas, la líbido de la cópula sería distinta. Pero los estados de enamoramiento entre hombre y mujer pueden ser de mayor o menor duración. Y lo cierto es que la institución de la pareja heterosexual estable actual, no descansa en la libido, sino en la ley, y simbólicamente en el mito de la media naranja: es una imposición de la civilización patriarcal jalonada por la historia de la dominación del hombre sobre la  mujer.

Recientemente nos está llegando información de un pueblo perdido en el sur de China, los Mosuo, que tienen una organización social como la que describe Martha Moia, y que confirma su estudio antropológico. Entresacamos retazos de un artículo de la periodista Paka Diaz sobre los Mosuo:
 
Los mosuo tienen un asombroso sistema social en el que el matrimonio y la paternidad no existen como tales… Se suelen agrupar tres generaciones de mujeres con sus respectivos hijos. Abuelas, madres e hijas viven bajo el mismo techo sin admitir la presencia de padres o maridos. Solamente los tíos, hermanos, hijos y sobrinos… No existe el concepto del matrimonio… el sexo se practica de forma abierta y libre. Sólo hay que elegir pareja para pasar la noche…mientras el matrimonio y la fidelidad son considerados como una herejía… no dan muestras de celos. Las tragedias amorosas latinas de amantes vengativos y atormentados les hacen reír. Parecen pensar que el visitante se está burlando de ellos.“¿Cómo es posible que alguien acabe con una preciosa vida por algo tan banal como el sexo?”, se preguntan tras escuchar una historia truculenta de amor y pasión occidental…

Hombres y mujeres están agrupados en lo que denominan ‘partidos’. Cuando un miembro joven del partido masculino y una integrante del femenino se sienten atraídos, pasan algún tiempo de relaciones, trabajando juntos… reuniéndose en un amplio centro de recreo donde se encuentran cada tarde para bailar y cantar juntos. Los chicos regalan presentes… ellas corresponden… Una vez obtenida la aprobación de las venerables ancianas…el compromiso queda establecido. O sea que ya son pareja. Pero ni hablar de matrimonio. Son algo así como amigos con derecho a roce. A partir de ahora se llamarán ‘azhu’, que significa ‘querido compañero’. Pero eso no significa que vayan a vivir juntos, ni mucho menos. El continúa en su casa… y sólo al ocaso se traslada a la de ella, donde tímidamente llama a la puerta para disfrutar juntos de la velada… a la mañana siguiente, el varón abandona la casa y regresa a la suya. Aunque tengan hijos juntos, ni los niños ni ningún otro miembro de la familia se referirán a él como ‘padre’… los visita ocasionalmente… especialmente en sus cumpleaños o en el Año Nuevo Lunar. Son los tíos carnales de los pequeños los que se ocupan de su educación y les cuidan y regañan como si fueran sus propios hijos… Los niños corresponden… cuidando de su tíos cuando les llega la vejez… Los hombres mosuo parecen felices con el puesto que les ha tocado en esta sociedad…

 

Los mosuo tienen su propio lenguaje, con fuertes raíces mongoles y tibetanas. Es oral, sin restos escritos, aunque la leyenda habla de un libro mosuo en el que se recoge su origen. Al parecer, fueron unos soldados tibetanos que regresaban de la guerra y que, hartos de pelear, decidieron asentarse en este lugar donde tenían todo lo que podían desear. El origen matriarcal es más oscuro. “Siempre ha sido así” es su respuesta invariable. [negritas mías]. El emplazamiento y la cultura de este pueblo fueron descubiertos en 1920 por unos investigadores de The National Geographic Society.

Los Mosuo, en efecto, debió de ser uno de esos pueblos que, huyendo de las guerras patriarcales, recuperaron en su nuevo asentamiento sus costumbres matrísticas, que han conseguido mantener hasta nuestros días gracias a su aislamiento.

Lo cierto es que esta descripción de Paka Díaz, aún bajo el inevitable epíteto de ‘matri-arcado’, se ajusta al ‘ginecogrupo’ que según Moia fué el modo de agrupación originario de la humanidad. Cuando se les pregunta a l@s Mosuo el por qué viven así, no tienen razón que dar y sólo dicen, invariablemente, “siempre fue así”.

Hombres y mujeres ansiamos la urdimbre y su enlace correcto con la trama. Esta ansiedad es común y nos falta. Aquí es donde la imagen del mito de la media naranja nos engancha, como una aguja manipuladora que enhebra nuestra ansiedad y anhelo de bienestar y nos va cosiendo y atando a las relaciones edípicas, para que nunca nuestro anhelo nos lleve al enlace correcto de urdimbre y trama.

La condición de la líbido que sustenta la díada madre-criatura, es la que sustenta también la urdimbre, ambas hoy destruidas, con la castración de la mujer. Las pruebas están ahí: la gestación, el parto y la  exterogestación son una relación de simbiosis sexual prolongada, que genera emociones y sentimientos de apego (dosis de prolactina y oxitocina durante meses y meses, y no minutos, horas o días). Este impulso sexual o pasión exigió, y al mismo tiempo dio la estabilidad necesaria para la formación del grupo humano.

Estamos hablando del caudal de emociones, de pasión y de amor de cada mujer que está hoy encenagado; de la fuente del bienestar que ha dejado de manar porque está taponada. No de diosas o de creencias socio-religiosas, sino de representaciones de “aquellas generaciones primitivas de mujeres, con cuya desaparición también desapareció la paz sobre la Tierra” y que tejieron la urdimbre de la sociedad humana del bienestar y del apoyo mutuo. Del ‘imperio’ del cuerpo concipiente. De una sociedad sin Poder, an-árquica, integrada en el continuum autopoyético y autorregulador de Gaia.

En definitiva, que se trata de recuperar la función sexual de la mujer, y de restaurar su papel básico en la estructura de los grupos humanos.

Las imágenes paleolíticas del cuerpo de la mujer representan lo indecible e impensable en nuestra sociedad. El continente negro perdido en la sombra de nuestra civilización; la condición femenina sin archos que presupone otra masculina también anárquica.

Volveremos sobre el tema más extensamente en el próximo capítulo, y pasamos ya a ver la matrística en el Neolítico. Ya que disponemos de muchísima más información, y resulta especialmente esclarecedora.