Manual Instrucción Cósmica

El Laberinto de Karístia

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Los Primeros Karistianos (el Cristianismo prehistórico)

 

 

 

 

 

 

 Jorge Mª Ribero-Meneses

 

Fuentes TAMALIAKAS o TAMÁRIKAS

 

El siempre bien informado y digno de crédito Iulius Solino, nos ha transmitido una referencia preciosa respecto al origen de la Música:

"El estudio de la música tuvo principio en la isla de CURETIS, habiendo los Coribantes convertido en canto los tonos que consideraron del sonido del metal".

Una tradición que parece rigurosa, si pensamos en que la palabra coro se halla obviamente relacionada con el nombre de aquellas sacerdotisas, las Coribantes, cuya filiación ibérica es tan obvia como el hecho de que la toponimia española siga recordándolas aún en poblaciones como: Carabantes, Carabanzo, Carabanchel, Carabias, Carabaña, Garabandal, Garabantes (hoy, Gobantes)... Y debo añadir que el denominador común de todas estas localidades, algunas de ellas muy conocidas, es el de poseer importantes manantiales de aguas medicinales. Lo que parece querer establecer una sólida relación de parentesco entre el nacimiento del canto y el primer santuario sagrado nacido al calor de una fuente. De una fuente o... canta, que ha sido una de sus antiguas denominaciones. Como documenta el nombre de las cántaras con las que se acudía a las cantas o fuentes en busca de agua. En busca de esas cantarinas aguas que han sido, sin el menor género de dudas, las que, por pura y simple emulación humana, dieron origen a los cantares.

Resulta, pues, enormemente significativo que el nombre de aquellas doncellas, las Karistias o Koribantes, vaya a coincidir con la que parece haber sido una denominación convencional de los antiguos santuarios creados allá donde manaban fuentes a las que se atribuían propiedades curativas. Lo que está proclamando a gritos que las tales Koribantes eran aquellas doncellas que atendían al culto y demás menesteres de los balnearios creados junto a los manantiales de notable y salutífero caudal. Y esto es tan indiscutible como el hecho de que Solino denomine CURETIS a la isla Caristia (morada de los Curetes...) y de que sigamos refiriéndonos aún a las virtudes CURATIVAS de las aguas de determinados manantiales...

Cuanto acabo de escribir supone la enésima confirmación de algo que, a estas alturas de nuestro relato, resulta ya absolutamente indiscutible: la existencia de TRES FUENTES de aguas medicinales junto al primer templo de la Humanidad creado en la gruta Korizia que se abría en la península de Karistia. Y debo insistir en que eran efectivamente tres esas fuentes, porque triple fue la versión humana e idealizada de esos tres manantiales: las Tres Kárites. Léase, las tres primeras Koribantes.

Las Koribantes eran las doncellas consagradas al culto de la Diosa Madre, que cantaban y danzaban frenéticamente en el curso de los rituales orgiásticos a ella dedicados. Todo lo cual debía acontecer en el entorno de una tumba especialmente notable, desde el momento en que la voz griega korymbos designa, precisamente, al borde de una tumba.

Tras la huella de Karazeña

Mis lectores tienen todo el derecho del mundo a preguntarse por la memoria que del nombre de la gruta Korizia pueda haber perdurado en torno a la heredad de Campo Jiro. Porque sería irresponsable (y necio) por mi parte pretender haber descubierto el emplazamiento del primer templo de la Historia, sin contar con un dato tan primordial como es el de que haya perdurado en ese lugar algún tipo de vestigio de su fundamentalísimo nombre.

Todo cuanto en este libro se sostiene, recoge y documenta podría ponerse en tela de juicio si en torno a Peña Castillo no hubiera perdurado memoria alguna del nombre de la gruta Karazia > Koricia. ¡Hasta tal punto es esencial este nombre geográfico! Topónimo, por cierto, cuya enorme rareza reduce a un número insignificante los enclaves que pueden postularse como emplazamientos de aquel primer Santuario de la Historia, clave como venimos viendo para localizar, a su vez, el lugar en el que se ubicaba la propia cuna de nuestra especie. No estamos hablando, pues, de un topónimo común, que se prodigue de forma más o menos general por la geografía ibérica... o universal.

Cuando fijé mi residencia en Santander, en el año 1995, me quedé estupefacto cuando escuché o leí por vez primera este nombre: Cazoña. Porque hasta la persona más lega en Filología intuye la extraordinaria antigüedad que debe tener este rarísimo nombre, debiendo ser obvio para quienes somos profesionales de esa disciplina que, amén de atípico, ese topónimo santanderino tiene toda la vitola de ser enormemente importante.

Para alguien como quien suscribe que, en 1993, pasó la parte más cruda del invierno excavando en la cima de la burgalesa Peña Karazo, el nombre de Kazoña no sólo resultaba familiar sino que no guardaba secreto alguno: tuve claro desde el primer momento que este nombre, como la inmensa mayoría de las palabras del lenguaje, había sufrido un fenómeno de síncopa y que su forma primitiva había sido Karazoña. Ahí quedó la cosa, hasta que varios años más tarde supe que a medio camino entre la Bahía de Santander y el cercano Macizo del Dobra, existe un afamado monte denominado Karzeña. ¡Nada más y nada menos! He ahí, pues, esa r crucial que ha perdido el nombre de Kazoña y sin la cual resultaba poco científico proponer cualquier relación entre él y la gruta Korizia objeto de mis pesquisas desde hace, como mínimo, tres lustros.

Cuando se sabe que existe un monte Karzeña en Cantabria, se despeja en el acto el interrogante que suscita el nombre de uno de los más ilustres monasterios de Castilla, si no el que más: San Pedro de Cardeña. Topónimo al que hoy se atribuye una etimología latina, Karadigna, que no sirve para otra cosa que para confirmar lo que para cualquier filólogo debe ser obvio: la pérdida de una vocal en el centro de la palabra. Lo que quiere decir que tanto Karzeña como su derivado burgalés Kardeña proceden de Karazeña. Una conclusión que se ve rápidamente refrendada por el hecho de que existan varias Karazenas en la toponimia del Norte de España, situadas todas ellas en enclaves especialmente importantes. Así la Sierra de Karazena que divide las provincias de Burgos y de Álaba junto el monte Lerón, los montes Albarenes y el valle de Tobalina... O el río, pueblo y monte Karazena que divide las provincias de Soria y Guadalajara y en el que estuvo situada la impresionante ciudad celtibérica de Thermeda... O los pueblos de Karazena y Karazenilla próximos a Cuenca y situados en la comarca de Val Paraíso que riega el río de este nombre...

Todos esos montes y poblaciones deben sus nombres al cántabro monte Karzeña que, a su vez, es feudatario del primer lugar que -lo afirmo- ostentó este topónimo capital: el santanderino monte Karazoña que se extiende a la vera misma de la heredad de Campo Giro situada a sus pies y a la que en realidad debe su nombre. Porque como por otra parte ha sido regla general en la proyección de la Toponimia, todos los nombres con los que eran conocidos los montes o poblaciones relevantes, acababan viéndose reproducidos en su derredor.

No me cabía la más leve sombra de duda respecto a que Cazoña procedía de Karazoña, pero la prueba definitiva y concluyente de que esto era así no la he conocido hasta que en estos primeros meses del año 2005 decidí descifrar la verdadera identidad de la heredad antedicha, amenazada por la hidra inmobiliaria. Y es que al estudiar la toponimia del entorno de Peña Castillo, he venido a descubrir que existe una Fuente KORZEÑO que mana, justamente, en el monte KAZOÑA. Lo que quiere decir que como han sido siempre las fuentes las que han dado nombre a los montes y nunca a la inversa, el verdadero nombre de la fuente en cuestión hubo de ser, necesariamente, KARAZEÑA. Exactamente el mismo topónimo que encontramos a la orilla del Ebro..., en la comarca de Val Paraíso o junto a la ciudadela de Thermeda o Tiermes, preñada de connotaciones termales... ¿Se puede decir más claro, señores?

Como cueva que era de la isla Karistia, la gruta Korizia debería haber prestado su nombre a enclaves peninsulares o insulares que remedasen la idiosincrasia de Campo Giro. ¿Se entiende ahora el porqué de los nombres de las islas de Kórzega y Korfú?

Kárzeres (Cáceres), Kórdoba, el Kurdistán, la notabilísima Kardiff del País de Gales, la catalana y no menos relevante Kardona..., ¡cuántos lugares eminentes recuerdan a aquel primer enclave sagrado del planeta! Sin olvidarnos de la otrora hegemónica Kartago, cuyo nombre helénico fuera nada menos que Karzedon...

Más allá del hecho de que existe un pueblo denominado Kartago en Valladolid, ¿quieren saber mis lectores a qué nombre responde el pueblo burgalés limítrofe con el monasterio de San Pedro de Kardeña y con los pueblecitos de Kardeña-Jimena y Kardeña-Dijo?: KARZEDO.

Recordando a los Karistios o Kuretes, todavía se denomina Koritos a los danzantes burgaleses de la procesión del Corpus Christi, festividad religiosa que es heredera directa de las celebraciones que conmemoraban el nacimiento de la vida sobre la Tierra. Esos Koritos son exactamente los mismos que las Kárites, vestidos coherentemente de mujer, aun debiendo ser, preceptivamente, hombres [lám. T].

Hablando del Corpus Christi, será bueno volver a recordar que Cristo = Kristo procede de Karistia. Como demuestra el nombre de la Eukaristía.

Sin comentarios.

El primer Templo de la Tierra

Porque todo ha sucedido como acabo de exponer..., porque hemos logrado identificar el primer Templo de la Humanidad, oculto en las entrañas de la antigua península Karistia o Karazeña, la huella que de estos nombres ha quedado en la onomástica más sagrada de la Historia es abrumadora... e imborrable.

... Por eso los antiguos Persas recordaban con el nombre de Kareshen al monte en cuya cumbre ardía el fuego sagrado...

... Por eso el remotísimo Santuario de Karasa ostenta este nombre a orillas de la Bahía de Eskalante, hermana y vecina de la de Santander...

... Por eso los antiguos Hebreos, rememorando siempre al primer templo de Garazena, repetían que en lo alto del monte Garizim existía un altar construido con piedras encaladas que habían sido labradas sin emplear el hierro. Una forma como otra cualquiera de decir que era el primer templo del planeta...

... Por eso los propios Hebreos denominaban Kariat Arbá y Kariat Sefer a la primera ciudad de la Tierra...

... Por eso los Keltíberos burgaleses tuvieron su principal ciudad sagrada en la peña de Karazo...

... Por eso los Sefardíes de la aragonesa Daroca bautizaron con el nombre de Karaza al arco que servía de acceso a su judería...

... Por eso los pueblos de la Tartaria asiática, réplica de la occidental región del Tártaro, denominaron Karakorun y Kareshen a sus ciudades sagradas...

...Por eso se conoció como Karistias o Kárites a las Tres Gracias, versión ternaria de la Diosa del Mar cuyo reino se hallaba en el Extremo de la Tierra, allí donde hasta hace dos milenios tuvieron su solar los pueblos Karistios y Korizos de Kantabria...

... Por eso y rememorando el Nacimiento de la Vida en las Tres Tamáricas o Karistias, se daba el nombre de Caristias al banquete que celebraban los primeros Romanos al filo del Año Nuevo del 1º de Marzo y en el que el alimento principal eran los productos del mar. Por la misma razón por la que hasta hoy mismo sigue siendo costumbre comer besugo en la comida de Navidad, en vísperas del moderno Año Nuevo...

... Por eso se denominaban Karisias las fiestas griegas en honor de las tres Karistias o Kárites...

... Por eso se denomina Caridad al refrigerio que algunas cofradías cantábricas ofrecían y ofrecen a los fieles en la festividad de su Santo Patrón y que, preceptivamente, se sustanciaba en la degustación de frutos de la mar; en razón a su menor coste, las caridades de nuestra época acostumbran a tener como protagonistas y víctimas a las socorridas sardinas. Y resulta sencillamente obvio que el origen de estas Caridades ibéricas es idéntico al de las Caristias y Karisias grecolatinas...

... Por eso se denominaba karisma a los alimentos sagrados que Dios ofrecía a los mortales procedentes del mar; y ocioso es decir que es en este término en el que debe buscarse la verdadera etimología de la palabra cuaresma... Así como la de Chrismas...

... Por eso el nombre de la Virgen del Carmen, paralelo cristiano de la ninfa Carmenta, venerada al igual que ésta como Diosa o Patrona de los hombres del mar. La Bahía de Santander celebra por todo lo alto esta festividad, sirviéndose sardinas fritas a la verdadera multitud que, tras presenciar o participar en la procesión de rigor, cumple religiosamente con este viejísimo ritual eukarístico...

... Por eso es karistal un antiguo nombre del mar, epónimo por razones obvias del caristal o cristal; y de ahí el que sea kresal una de las voces baskas para designar al agua marina...

... Por eso, si nos sumergimos en los arcanos de la lengua castellana, nos encontramos con todos estos derivados de la profundamente marina radical kara-...

cáraba, embarcación del Levante ibérico
carabela, embarcación ligera
caracola, concha marina
carámbano ... de hielo
caramelo, líquido azucarado
caramullo, líquido que rebasa un recipiente
carite, pez sierra
carapacho, caparazón de los crustáceos y tortugas
carel, borde de una nave
carenar, reparar un barco
carestía, escasez de víveres; originariamente referido al agua
carey, tortuga marina

... Por eso fue Karitis, Kariz o Kaliz la primera y genuina Cádiz, supuesto emplazamiento de la TUMBA DE HÉRKULES que, por supuestísimo, jamás estuvo en Andalucía. Y Karitis era sinónimo de Ciudad Santa...

... Por eso, en fin, portaban el karuzeo (que no caduceo) quienes peregrinaban al final de la Tierra con el fin de rendirse ante la diosa de la gruta Karazeña o Korizia y ante su heredero patriarcal Hérkules Korizio o Kurzio. Y en su momento despejaré el porqué de estos dos últimos nombres...

El laberinto de Karazo

Más de una década hace ya que protagonicé un verdadero duelo con todos los arqueólogos castellanoleoneses y, muy en particular, con los burgaleses. El motivo de aquella controversia fue el anuncio de mi descubrimiento de la ciudad celtibérica de Kontrebia Leukada, enclavada en la impresionante acrópolis que se alza a la vera de los pueblos burgaleses de Kontreras y de Karazo y en el entorno inmediato de Santo Domingo de Silos. Y todo porque a algunos les sentó extraordinariamente mal que hubiera descubierto la más importante ciudad de Celtiberia, aduciendo en mi contra que aquella peña colosal sólo había acogido un castro celtibérico de tercer orden y, más tarde, un castillo árabe. Castillo al que -afirmaron- pertenecían los breves lienzos de muralla que todavía perduran.

Es importante destacar que mis adversarios en esta polémica (como me ha sucedido siempre) no se atrevieron a defender públicamente sus opiniones. Y la razón es evidente. Por si acaso... Por si acaso los hechos probaban que yo tenía razón y que quien disparataba -y a lo grande- no era yo sino ellos. Como de hecho así había de suceder, porque la excavación efectuada en aquella peña confirmó plenamente mi tesis sobre la existencia en ella de una ciudadela prehistórica de carácter troglodítico. A pesar de lo cual y en lugar de reconocer su error y propiciar la prosecución de la excavación iniciada, todo el colectivo de arqueólogos de la región procuró por todos los medios que fuera paralizada sine die. Las razones son evidentes: por una parte porque aquel extraordinario yacimiento podía llegar a acaparar una parte importante del escaso presupuesto para excavaciones, haciendo sombra inclusive a la propia Atapuerca; y por otra porque los resultados de la excavación empezaban ya a echar por tierra todos los dogmas históricos hoy al uso.

El sentido común, por una parte, el conocimiento de la naturaleza de nuestras viejas acrópolis, por otra y, en fin, el testimonio del Diccionario de Madoz sobre la existencia de una sinagoga en la cumbre de Karazo, me llevaron a defender la presencia en esta peña de un importantísimo templo solar que, al igual que la Catedral de Burgos, debió poseer en su portada una espléndida estrella de David. Lo que justificaría que fuera confundido con una sinagoga. De hecho, conozco algunas monedas celtibéricas descubiertas en torno a aquel monte y en las que aparece reproducida la mencionada estrella de Sefarad o de David. Pero en el colectivo arqueológico, integrado hoy por personas que poseen un ínfimo nivel cultural, todo esto sonaba a música celestial. Lo que yo postulaba como muro del templo, dijeron, era un resto del castillo árabe.

Poco tiempo después, el abad de Silos -en una confidencia hecha al novelista y periodista Tomás Val de la que ha debido arrepentirse un millón de veces- reconoció que existía un libro en su monasterio en el que se documentaba la existencia de un templo consagrado al Sol en la cumbre de Karazo. Templo al que, como yo venía sosteniendo, recuerda aún la Ermita de la Virgen del Sol que se alza en la ladera misma de aquella montaña. Pero las cosas no pararon aquí. Más o menos por entonces tuve conocimiento de la existencia de una bellísima cabeza de bronce, de obvia factura celtibérica, que representa a una mujer y que fue descubierta, justamente, entre las ruinas de lo que yo decía ser una basílica y, mis detractores, un castillo árabe. Esa verdadera joya se conserva en el museo del monasterio de Silos, presentada como matrona romana para no tener que reconocer que se trata de una divinidad pagana de los antiguos Españoles. ¡Cuánto engaño! Se la denomina matrona romana cuando hace ya bastantes décadas que el entonces abad de Silos, Fray Ildefonso Guepin, compañero del Padre Fita, dejó escritas estas palabras: 

Olvidábaseme decir que en el tesoro de nuestro Monasterio queda una cabeza de bronce que llaman el ídolo de Carazo. La tradición dice que fue objeto de culto en el susodicho pueblo o en el cerro que le domina, hasta el tiempo de Santo Domingo de Silos que destruyó esos restos de idolatría y aprovechó la cabeza para adorno de la corona que rodeaba la reserva de la Sagrada Eucaristía.

Fray Ildefonso Guepin dice que se aprovechó la cabeza. No es cierto. Lo que se aprovecharon fueron las piedras preciosas que esa imagen de la Diosa llevaba engarzadas y de las que, huelga decirlo, nunca más se ha sabido.

La tesis del castillo árabe, a partir de todo cuanto antecede, resulta sencillamente hilarante. Máxime cuando se reconoce que la imagen de la Diosa Karazo seguía siendo venerada en época de Domingo de Silos, santo que supuestamente había asestado el golpe de gracia a esa idolatría. Lo que también es falso. Ricardo Santamaría, emérito burgalés que talla y labra la madera y la piedra con auténtico primor y que es natural precisamente del pueblo de Kontreras en donde reside, me facilitó tiempo después un precioso documento del año 1604 en el que se dictan penas severísimas contra aquellas mujeres que incurran en el delito de acudir a su ceremonia nupcial tocadas con el mismo bellísimo peinado que luce la Diosa Karazo en la escultura a la que vengo haciendo referencia [fig. 44]. Lo que prueba que el culto a la misma seguía vigente en esa fecha, a despecho de la Inquisición y de todas las amenazas blandidas contra las personas sospechosas de idolatría o de hechicería: 

Otrosí por cuanto en la villa de Barbadillo del Mercado (contigua a Contreras) muchas mujeres usan tocados con unas puntas adelante, a imagen de un ídolo que antiguamente se dice que estaba en las Torres de Carazo y así se tiene por tradición. Para remedio de un yerro y abuso tan grande, mando que todas las mujeres que de aquí adelante se casaren en la dicha villa, no lleven ni expongan semejantes tocados. Y si los llevaren mando a los curas que no las desposen ni velen; y si después de velados se los pusieren, que los curas y demás clérigos y beneficiados no las admitan en la Iglesia y las eviten de las oras y oficios divinos hasta que cumpla con lo que se les manda. Y así lo hagan y cumplan las dichas mujeres, curas y clérigos de la dicha villa, so pena de excomunión mayor y de ciento diez (?) ducados para gastos de la guerra que el Rey hace contra los infieles.

Así, con procedimientos semejantes, nos hemos quedado sin Historia. Así, a fuerza de matar y de reprimir tanto a las personas como las tradiciones, hemos perdido la memoria hasta el extremo de llegar a olvidarnos de quiénes somos realmente. Lo que explica que unos señores arqueólogos pretendieran lapidarme por haber rescatado del olvido uno de los más antiguos e importantes templos de Europa, edificado a imagen y semejanza del primer Templo de la Historia y que (y aquí viene lo importante), conoció una primera versión troglodítica, similar sin duda a la de la gruta Korizia, que tengo la absoluta certeza permanece olvidada en algún punto recóndito de las entrañas de la peña Karazo.

El caso es que amén de como Peña Karazo o Contreras, la acrópolis burgalesa donde existiera un Templo consagrado a la Diosa Solar es conocida también como Alto de Mirandilla, calcando un antiguo nombre de Peña Castillo al que recuerda también el santanderino Alto de Miranda. Y es que el majestuoso peñón de Kontrebia = Karazo = Mirandilla, rodeado antaño por las aguas de sendos lagos, tuvo un carácter peninsular idéntico al de la peña santanderina a la que tuvo como modelo y similar, a su vez, a la Península de la Magdalena.

Las coincidencias son, como vemos, aplastantes y absolutas. E insisto en que estoy aduciendo este ejemplo por lo significativo que resulta, al ser la antigua Karazo, sin discusión posible, la más colosal de todas las antiguas ciudades celtibéricas y, posiblemente también, de las ibéricas. Pero sigamos, porque lo verdaderamente importante viene a continuación.

Como decía, sobre la cumbre de Karazo = Mirandilla existió un antiguo y, según todos los indicios, extraordinario Templo del que sólo perviven un lienzo de un muro de casi tres metros de espesor y la broncínea cabeza de una diosa celtibérica que sólo puede ser la que subyace tras todos estos topónimos que vengo desgranando, epítetos a la sazón de la Diosa del Mar. Ese remoto templo que, como he dicho, está documentado, es hoy historia porque los vecinos de Contreras se cansaron de subir los 400 metros que separan su pueblo de la cota de 1400 ms. en que se hallaba aquel reverenciado templo, erigiendo a una altitud sensiblemente inferior una réplica suya, harto más humilde. Y aquí viene el estrambote de todo este ramillete de colosales coincidencias, porque la advocación de ese templo que heredó el culto del que existiera en la urbe celtibérica, es nada más y nada menos que... LA MAGDALENA.

¿Para qué hablar ya, tras cuanto antecede, de que otra de las denominaciones de la península de La Magdalena santanderina fue San Sebastián de Jano, siendo ésta la razón de que la primera advocación del monasterio de Santo Domingo de Silos fuera precisamente la de San Sebastián de Silos?

Repiten aún las gentes de Silos que el Alto de Mirandilla (como ellos lo conocen) está totalmente hueco por dentro. Una conclusión en la que yo desemboqué, también, a través del estudio, habiéndola podido refrendar, más tarde, arqueológicamente. ¿Saben mis lectores cuál es el nombre del primer LABERINTO excavado y sacralizado por el ser humano? Pues, precisamente, un calco de Miranda y Mirandilla: Marinda o Merinda. 

Extráiganse de todo cuanto antecede las conclusiones que hacen al caso, tanto respecto a la evidencia incontestable de la existencia de un templo rupestre en el subsuelo de Peña Castillo y de Campo Jiro, como respecto al crédito que debe merecer quien esto postula.


Las entrañas del Tártaro

Llegados a este punto, no tiene ningún sentido que siga hablando en primera persona y aportando las conclusiones a las que me han conducido mis propios estudios, cuando nos cabe el privilegio de que hayan llegado hasta nosotros documentos históricos tan impresionantes como éste que reproduzco a continuación y en el que el filósofo griego Aristokles, conocido comúnmente como Platón, nos ha legado una descripción minuciosa de la gruta del Tártaro que protagoniza nuestro relato y que tengo la certeza absoluta de que se esconde en las entrañas de la Quinta de Campo Giro. He aquí lo que podemos leer en el Faidon:

Tal es en su conjunto la naturaleza de esta Tierra y de los objetos que en ella se hallan. En lo que atañe a sus regiones interiores, encerradas hállanse éstas en concavidades dispuestas circularmente. Todas estas regiones comunican entre ellas por muchos sitios gracias a perforaciones subterráneas, estrechas en ocasiones, otras veces anchas. Y mediante conductos a través de los cuales una gran cantidad de agua pasa de unos a otros cual entre grandes estanques. Hay también ríos subterráneos enormes y que fluyen constantemente arrastrando aguas frías o calientes. Otras veces fuego, el cual forma grandes cursos.

Entre las simas de la Tierra hay una, sobre todo, enorme. Enorme precisamente porque la atraviesa de parte a parte. Es de la que habla Homeros cuando dice: Muy lejos, en el abismo más profundo que hay bajo la Tierra. Este lugar es el que Homeros y otros muchos poetas han llamado Tártaros. Pues bien, en este abismo se vierten todos los ríos y de él salen de nuevo...

Ese laberinto, tan reiterativamente recordado por la historiografía antigua, es el que sostengo se esconde en las entrañas de la Quinta de Campo Jiro y de su vecina Peña Castillo. El tiempo dirá si estoy o no en lo cierto y si lo que allí se esconde se asemeja, en mayor o menor medida, al dibujo en planta de aquel laberinto que he recreado contando con la preciosa colaboración de Mª Dolores R. Gómez y que acompaña a estas líneas [fig. 45].

Las minas de Cazoña

Cuando ya estaba concluido este libro y avanzado su proceso de impresión, mi paso por la empresa de fotomecánica para reproducir el nutrido cuerpo gráfico que lo configura, lo enriquece y en gran medida lo sustenta, me había de llevar a conocer a un Santanderino originario de Palencia cuyo nombre ni siquiera me consta. (Ahora sé que se llama Isidro Amo Castaño). En cualquier caso y esto es lo principal: un gran profesional y una buena persona. Pues bien, al decirme cuando ya nos estábamos despidiendo que vivía en Cazoña y que durante su infancia había residido en Cajo, me faltó el tiempo para preguntarle si recordaba algún nombruco raro de esa zona o algún dato que tuviera interés. ¡Y vaya si recordaba! Porque al mostrarle la añeja página periodística que acompaña a estas líneas [fig. 46], empezó a hablarme entusiasmado de las minas que hasta su infancia permanecían abiertas en el subsuelo de Cazoña, llegando hasta el propio Cajo y que incluían varios pozos enormes, uno de las cuales, de no menos de cinco metros de diámetro y de enorme profundidad, estaba situado en lo que hoy es el patio del colegio de Santa María Micaela, trasladado a la sazón de un punto cercano de la ciudad. Parece ser que ese pozo estaba perfectamente labrado y a juzgar por sus dimensiones, por el lugar en el que se abría y por sus características, no me cabe la menor duda de su enorme antigüedad, así como de su más que probable conexión con el propio laberinto que se esconde bajo La Remonta y que está situado a tiro de piedra del punto al que me vengo refiriendo. 

Mi interlocutor se había pasado la infancia jugando por esos andurriales, en torno a la parece que soberbia heredad de la Clínica del Doctor Morales, que constituye el germen del Parque del mismo nombre, limítrofe con el predio de Campo Giro cuya conversión en Parque postulo. Y a mi pregunta sobre lo que fue de aquel impresionante pozo y de todos los demás, así como de la red de galerías subterráneas que se abrían en el subsuelo, su respuesta fue sencilla y categórica: lo colmataron y enterraron todo. 

Permítaseme el exabrupto: ¡cafres! Esos auténticos animales que cegaron esos pozos y toda esa impresionante red de galerías que aparece esbozada en la página del diario Alerta anexa, se llevaron por delante una parte -¡quiera Dios que no la mejor!- del mundo subterráneo que hiciera universalmente célebre a la gruta Korizia y que, en todo caso, FORMABA PARTE DE LAS MINAS MÁS ANTIGUAS DEL MUNDO, ABIERTAS EN EL SUBSUELO DEL ENTORNO DE LA HEREDAD DE CAMPO JIRO. 

¿Quiere alguien una definición del concepto de salvajismo? ¿Quiere alguien conocer una manifestación de necedad químicamente pura? Pues aquí la tiene. Para edificar un colegio y varios bloques de viviendas, se llevaron por delante uno de los más inapreciables tesoros del más remoto pasado de la Humanidad, relacionado con ese mundo subterráneo que tan imborrable memoria dejara en la más vieja historiografía y que nos habla de los Hesperios = Atlantes = Etíopes = Titanes = Kálibes = Kabiros o Myrmidones que, inveterados buscadores de minerales y de metales preciosos, consumían la mayor parte de su existencia bajo tierra, en las galerías que ellos mismos horadaban y de las que, en las épocas estivales, sólo salían cuando llegaba la noche. 

Y a todo esto, los eruditos locales, tan panchos, viviendo a cuerpo de rey y medrando como auténticos paniaguados al arrimo del poder, sin que se les diera una higa que cuatro familias santanderinas se hayan llevado por delante LA ACRÓPOLIS MÁS ANTIGUA DE LA TIERRA o que cuatro munícipes trogloditas permitieran que se destruyera LA RED DE MINAS MÁS ANTIGUA DE LA HISTORIA.

Confieso que se me llevan los demonios, confieso que si en mi mano estuviera, erigiría un monumento en el centro de Santander para que nadie olvidara jamás los nombres de toda esa cuadrilla de cafres que, en el decurso de las últimas décadas, han consumado ése y otros atentados similares, causantes de la degradación de la Bahía más antigua y más bella del mundo y de la destrucción de algunos de los hitos fundamentales de la Historia de la Humanidad. Y todo ello por pura y simple ignorancia. Ignorancia que en esos munícipes provincianos cabe disculpar, pero que resulta imperdonable en el el caso de esa camarilla de vividores que, al calor de su título de historiadores, han vivido formidablemente toda su vida, sin haberle aportado nada realmente útil a la sociedad. Porque son ellos los principales responsables de cuanto denuncio en las páginas de este libro, así como de la destrucción implacable y despiadada de la que la ciudad de Santander ha venido y viene siendo víctima a lo largo del último medio siglo. Y todo para que un puñado de señores se enriqueciera especulando con el suelo de la que ha resultado ser la población más antigua de la Humanidad.

En fin, lo dejo aquí porque la urgencia de la publicación de estas páginas, de las que depende que las excavadoras no se lleven por delante, también, el Templo más antiguo de la Humanidad, me impone la brevedad. Sólo añadiré que, en el último momento, el profesional de la fotomecánica que me ha aportado los datos a los que acabo de referirme, me dijo que él había nacido en el barrio santanderino de AMALIACH del que, lo confieso, no había oído hablar jamás. Bien, pues añádanle ustedes a ese nombre la Z- o T- que ha perdido (como todos los derivados de la radical ama-) y tendrán ustedes la forma primitiva del nombre de las...

Fuentes TAMALIAKAS o TAMÁRIKAS.

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