Manual Instrucción Cósmica

Convivimos con los dinosaurios

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Si la especie humana existía ya como tal en la era terciaria y hasta es muy posible que en la secundaria, entonces no cabe la menor duda de que -procedamos o no de ellos- durante muchos millones de años convivimos con los dinosaurios. Una idea que hasta hace muy poco hacía sonreír con suficiencia a los antropólogos y que ahora empieza a verse refrendada por los resultados de una investigación realizada por genetistas de la Universidad de Pennsylvania

 Jorge Mª Ribero-Meneses

CONCLUYO con ésta las tres páginas que -al hilo de un raro escrito de José Ortega y Gasset sobre el origen del hombre- he vuelto a consagrar al complejo y apasionante asunto de la ancianidad y primitiva naturaleza anfibia del ser humano. Dos asuntos de los que nos seguiremos ocupando cuantas veces sean necesarios. Porque si es obvio que procedemos del agua, no es menos evidente que somos tan viejos como las piedras. Aunque ni el señor Darwin ni la Iglesia de Roma que ahora, oportunista, se sube a su carro, se hayan enterado. Pero dejemos a Darwin y a la Iglesia tranquilos aunque sólo sea unos instantes y sigamos conociendo las tesis del antropólogo germano Kluatsch que tan minuciosamente nos expone Ortega en su Querella entre el hombre y el mimo:

  

Todo el que haya visto la huella del "cheirotherion" habrá experimentado cierto pavor adviniendo su enorme semejanza con la huella de la mano humana. El pulgar, con su gruesa pulpa, la proporción de los dedos..., todo coincide, inquietantemente. Lejos, pues, de ser la mano una adquisición de última hora, la verdad es que se trata de uno de los órganos más antiguos, usufructuado ya por el más primitivo vertebrado terrestre. En éste como en otros atributos, lo sorprendente del hombre no es su progresiva adaptación sino, al revés, su conservadurismo, la tenacidad con la que ha retenido elementos sumamente antiguos que las demás especies han perdido. La mano es uno de los grandes atributos del hombre. De ella, por ajuste a condiciones especiales, nacerán el casco, la pezuña y la garra por apelmazamiento de los dedos. La mano es todo eso y nada de ello. Es un aparato poco adaptado, un retraso biológico. Se repite en ella el mismo caso de la dentadura.

Hombres y monos formarían un grupo de animales más próximos que ningún otro al primer vertebrado terrestre y ocuparían el puesto de primeros mamíferos. Si ahora preguntamos en qué relación sitúa esta teoría al hombre y al mono, se nos dice que el mono es un animal que somáticamente ha progresado más que el hombre; por tanto, procede de él y no al revés como suele creerse. Por lo pronto, el hombre conserva más de la cola del saurio que los simios antropoides. El varón humano posee cinco residuos vertebrales del apéndice caudal; la hembra, cuatro; en cambio, el orangután se ha quedado sólo con tres.

Otro avance del mono consiste en la colocación de los ojos. En este proceso el antropoide ha ¡do bastante más lejos que el hombre, tamo que sus cuencas oculares restan espacio al cerebro y además han usurpado el sitio al órgano olfativo. El gran primate no tiene apenas olfato y empieza a perder el pulgar. Es decir que una vez más, los monos, de puro progresivos, se han pasado. La especie humana, por el contrario, es una casta que ha sobrevivido a su retraso biológico; una raza arcaica, tenaz y somáticamente conservadora.

No se muestran muy originales, como vemos, aquellos antropólogos americanos que sostienen que el hombre puede ser un descendiente de una familia muy concreta de dinosaurios, dotado por cierto de la facultad de volar. Ya algunos científicos europeos de principios de siglo habían presentido algo semejante. Y la propia Mitología apunta en esa dirección, al considerarnos hijos de unos seres anfibios dotados de alas y en ocasiones, también, de aspecto de saurios. Y si alguien duda de mis palabras, le invito a que se acerque a la portada románica de la Catedral de Santander. Allí verá a nuestro primer antepasado, coronado y con esta misma apariencia. Aunque mucho más concluyente que esto resulta el hecho de que los humanos sigamos volando en nuestros sueños y ahora, además, a través de todos los artilugios aéreos que no cesamos de ingeniar.

 

Si como algunos sostenemos desde hace lustros, la especie humana existía ya como tal en la era terciaria y hasta es muy posible que en la secundaria, entonces no cabe la menor duda de que -procedamos o no de ellos-durante muchos millones de años convivimos con los dinosaurios. Una idea que hasta hace muy poco hacía sonreír con suficiencia a los antropólogos (los adictos, a las ideas canónicas de Ortega, léase miopes y enanos) y que ahora empieza a verse refrendada por los resultados de una investigación realizada por genetistas de la Universidad de Pennsylvania. Según éstos, los ancestros de determinados mamíferos vivían ya hace cien millones de años. Lo que hace todavía más plausible la posibilidad de que uno de esos longevos mamíferos... fuera el ser humano.

Si los humanos no hubiéramos convivido con los saurios, buena parte de la mitología acuñada por nuestros antepasados no tendría sentido. Porque su presencia del dragón en ella es una constante que se prolonga hasta nuestros días y que podemos constatar simplemente con visitar cualquiera de nuestras iglesias. En ellas nos encontraremos con una larga teoría de santos -San Jorge, San Miguel, San Millón, Santiago...- en actitud de matar a dragones... o a moros. Una variante moderna y evolucionada del mismo mito. Si los humanos no fuéramos tan viejos como los saurios, ya se me dirá qué sentido tienen noticias como ésta que nos ofrece el Padre Francisco Sota en su inapreciable (y detestada, por los canónicos) Chronica de los Príncipes de Asturias y de Cantabria ;

Otras muchas hazañas dignas de eterna memoria obró este antiquísimo Principe (...) como fue haber expurgado la tierra de infinitas fieras horribles: Leones, Tigres. Dragones y Serpientes ferocísimas que despedazaban a los hombres y aun se los tragaban vivos, a causa de que en aquellos primeros siglos después del dilubio. Por haber pocos pueblos y menos ciudades, las gentes vivían dispersas en las cabernas y grutas de las peñas y montes; por lo cual y por no haberse entonces inventado las armas de hierro, eran acometidos de los brutos, entre quienes habitaban, siendo pasto de su venenosa voracidad; para cuyo remedio crió Dios a este valerosísimo y virtuosísimo Héroe, no menos entendido que benévolo y caritativo. Hércules Ideo sintió a la Magestad cierna con la incomparable robustez que le había dado, exercitándola en extirpar los dichos monstruos quitan lastimosamente mataban y comían a los hombres, de cuyo infeliz suerte se compadecía, sin mirar a premio ni remuneración humana.