Manual Instrucción Cósmica

La Caída de los Velos

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¡Vosotros que habéis llegado a creer! Responded a la llamada de Allah y del enviado cuando os llama a lo que habrá de daros vida; y sabed que Allah interviene entre los deseos del ser humano y su corazón, y que ante Él seréis congregados. Corán 8:24

 

Por Hayy Sidi Saíd Ben Aÿiba al Andalusí, Abdú Rabihi. Mursía, Al-Andalus, 2009.

 

Pues, en verdad, Nosotros Hemos creado al ser humano y sabemos lo que su mente le susurra; pues estamos más cerca de Él que su vena yugular. Corán 50:16 

 

Y… ¿qué es lo que habrá de darnos vida, si no es El Dador de la vida?. Nos asegura el Corán que Allah está más cerca del ser humano que su vena yugular. Mas, ¿cómo habremos de reconocerlo?.

 

Dice una antigua enseñanza de la Tradición: “Hasta que no domines a tu ego no podrás conocerte, pues sólo quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor”.

 

El propósito de este, y otros artículos como este, es precisamente sentar los principios del inicio de la ruta hacia ese especial conocimiento. La dificultad por alcanzarlo no reside tanto en lo “especial del conocimiento”, como en los entretenimientos que captan la atención de quienes se inician en esta ruta, y frenan su ascensión.

 

Decíamos en un anterior articulo que el Islam recomienda atender ambos aspectos de la naturaleza humana, físico y espiritual, en la proporción que a cada uno le corresponde, pues ambos son necesarios durante el proceso creador hacia el “despertar”.

 

También venimos diciendo que el principiante es aquél que aún mantiene sus “velos”, sin importar cuántos años lleve de prácticas y ejercicios, sin importar cuanta sea su erudición, sin importar la magnitud de sus emociones. Ni siquiera importa si la intensidad de sus emociones le acerca a una especie de estado “pre-místico”, en el que sucumben la mayoría de los practicantes. Todo cuanto puede ser cuantificado y descrito sigue sin ser La Realidad.

 

El aspirante debe de asumir su ignorancia, aunque sepa, debe de considerarse incapaz, aunque crea que puede. Debe de tener el valor de modificar o suspender sus prácticas si llega el momento, aunque estén bien justificadas por la costumbre. En definitiva, debe de afrontar el riesgo de “abrir las manos” y soltarlo todo, pues con tanta herramienta pesada ¿cómo podría volar?.

 

El ascenso por la ruta espiritual se inicia libre de equipaje, libre de ropa, libre del temor al vacío. Mas al no saber el “caminante” liberarse de cargas cuando se inicia en el proceso debe, al menos, conocer estos prolegómenos con claridad. Esto le hará más fácil identificar los pasos a seguir, disminuir sus temores, y en la medida en que se fortalece el espíritu, suprimir la dolorosa oposición del ego al proceso de “desarme” y desprendimiento.

  

Lo cierto es que cuando se lleva mucho tiempo sin “dar el salto”, por las diversas causas que sean, el practicante puede llegar a quedar anclado en ese estado emocionalmente autosatisfactorio. Gracias a la adicción que generan las emociones resultantes de sus ejercicios, esta es “la estación” en la que se detiene “el tren” de la mayor parte de los buscadores.

 

Nuestro comentario no es ¡en absoluto! una crítica, tan sólo reseñamos un proceso fácilmente confundible con los estados místicos, pero que a muchas personas les resulta suficientemente gratificante, y por lo tanto perfectamente válido. La Tradición nos enseña; “Para cada uno de vosotros hay un camino”.

 

Una de las causas frecuentes para quedar atrapado en las emociones derivadas del rito,  es haber mantenido sin modificación los ejercicios que fueron útiles en los inicios. Al perpetuar un ejercicio, de indiscutible valor en un tiempo y entorno, puede suceder que la costumbre lo convierta en un rito sin “alma”. Esto es muy frecuente, pues no se considera que así como la comida del niño no es apropiada para el adulto, los ejercicios de quien comienza pueden no ser apropiados para quien avanza.

 

También puede suceder que quedemos atrapados en el ritual, y que se convierta en una peligrosa fuente de gratas sensaciones a las que nos hayamos hecho adictos. En estas gratificantes emociones se recrea el principiante, y aunque lleve muchos años de práctica le confundirán, haciéndole creer que sus “emociones espirituales” son un síntoma de acercamiento a La Meta. 

 

Al ser queridas las emociones nos aficionamos a ellas, justificamos fácilmente su búsqueda, y nos confunden y frenan el progreso del espíritu, convirtiéndose así en poderosos lastres cuando queremos volar más alto.

 

Los ejercicios piadosos, así como todas las técnicas en cuanto al espíritu se refieren, tienen un tiempo, y ese tiempo debe de ser cuidadosamente medido para no precipitarse al dejarlo, o para liberarse de él si es que llega el momento. Pues llegará un tiempo en el que la inmensidad del espíritu no admita estructuras.

 

“El rostro recliné sobre El Amado, cesó todo y quedéme, dejando mi cuidado entre azucenas olvidado”. Cesó todo, lo dejó todo y se quedó, tan sólo, con el rostro reclinado sobre El Amado.

 

Estos errores comentados, que frenan el avance, suceden cuando se ha tenido un guía de mucha erudición, pero de poca experiencia personal y también víctima a su vez de “los cánones”. Pocas veces se tiene en cuenta que erudición y progreso espiritual no son sinónimos, pero… ¡qué fácilmente se confunden!

 

También es fácil errar cuando el practicante se ha dedicado por su cuenta a la práctica aleatoria de aquellos ejercicios que le han ido seduciendo, o bien porque a leído o bien porque se los recomendaron, pero sin un guía válido. También de esta forma, y creyendo de buena fe que se progresaba, es como se han fortalecido los atributos emocionales del cuerpo, en detrimento de la liberación del espíritu.

 

Todos los grandes místicos que nos precedieron en todas las tradiciones, algunos eruditos y otros no, nos dejaron claramente advertidos, pero no parece que sean lo suficientemente tomados en cuenta. Decía Juan de la Cruz: “Para llegar a donde no gustas, has de ir por donde no gustas”.   

 

Ese despertar producido después del desprendimiento de las adicciones “espirituales”, es llamado en la Tradición Sufi; “la caída de los velos que obstaculizan la visión de la Realidad Esencial”.

 

Dijo en cierta ocasión el Maestro musulmán a su discípulo: “No me entenderás hasta que no seas capaz de manchar con vino tu alfombra de oraciones”.

 

En este articulo estamos considerando algunas de las enseñanzas a las que el caminante debería dedicar especial atención en su evolución espiritual, si este fuera su camino. Pero nadie crea que al hablar del espíritu desdeñamos la carne, pues las enseñanzas coránicas no separan las dos dimensiones de nuestra naturaleza, hasta que no llegue la disgregación de la materia.

 

Lo dedicado al espíritu necesariamente beneficia al cuerpo, así como lo que dedicamos adecuadamente al cuerpo beneficia al espíritu. Pues con todo su trascendente significado, no en vano nos dice el Corán; “Estamos más cerca del ser humano que su vena yugular”.

 

El hastío y decepción provocados por el fraude religioso que protagonizan algunas instituciones, ha sido el causante primordial del pseudo-ateismo o del absentismo agnóstico que, en este aspecto, se suele exhibir en nuestras sociedades. Es algo así como un signo de intelectualidad y modernismo materialista.

 

Al mismo tiempo no es infrecuente escuchar, de boca de los susodichos, aquello tan popular de; “algo debe de haber”. “Yo sí creo en Dios pero no creo en la religión”, etc. A estos también se refiere el Corán cuando dice:

“Y cuando se les invita contestan: ¿Es que vamos a creer como creen los necios?”. Corán 2:13

 

Hemos escrito en diversas ocasiones, y dicho de diversas maneras, que el ritual religioso, las formas, contienen una indiscutible sabiduría que hemos de saber aprovechar adecuadamente. Nunca hemos de tener prisa por superar la etapa primera de “las formas”, pues las formas de la religión son como un trampolín desde el que podemos saltar hacia las profundidades que representan. Pero una vez dado el salto, a nadie se le ocurriría atar sus pies con una cuerda al trampolín.

 

También solemos decir que las formas litúrgicas son como un frasco contenedor de un delicioso perfume. Es el periodo de estar sujeto, de modificar actitudes básicas, de aprender los prolegómenos, de dejarse cincelar por las estructuras. Son válidas herramientas de trabajo futuro. Es el periodo que llamamos;  Shária.

 

Pero también insistimos en decir que las formas, la liturgia, los ejercicios, no son la meta, sino unas herramientas de las que llegado el momento hemos de tener la sabiduría necesaria para modificar o desprendernos de ellas. Habrán de ser revisadas, incluso a veces suspendidas, porque se pueden convertir no ya en un trampolín, como decíamos, sino en un obstáculo.

 

Insisto tanto en la supresión o modificación de los ejercicios que alguien podría quedar confundido, e interpretar que me refiero a la supresión de lo esencial que el ejercicio contiene en sí.

 

No me refiero a los contenidos, sino que me refiero a la forma, a lo litúrgico y externo, que es lo que puede ser modificado, no me refiero en absoluto a lo esencial que la forma contiene, pues lo esencial ha de perpetuarse en el ánimo del practicante. De aquí que los contenidos de los cinco pilares de la Tradición Muhammadí no puedan ser obviados ¡en ningún momento!, pues sobre ellos se construye la Tradición Sufi.

 

Dijimos antes que esta experiencia, de la necesidad imperiosa de superar lo litúrgico en la religión y centrarse en su contenido, es la que llevó a la preclara mística, Teresa de Ávila, a decir; “Voy a la oración como quien va al potro del tormento”.


Cuando un probable discípulo se inicia en una ruta espiritual, puede llegar con una considerable carga de experiencias anteriores, de erudición religiosa, de libros aprendidos, de citas y frases memorizadas, etc. Esto es lo que hace que se nos acerque con claros presupuestos de cómo, y en qué forma, ha de desarrollarse su proceso, dado que “ya sabe”.

 

Se nos acerca con una gran expectativa, espera "algo" preconcebido de nosotros, y "eso" que espera suele ser, generalmente, "aquello" que supone que debe de ser y cómo ha de ser según su propia erudición.

 

La cuestión es que entre todo cuanto suponemos y la realidad hay una distancia que debe de ser considerada, pues aunque a veces es pequeña lo habitual es que sea grande, ya que, generalmente, realidad y expectativas no se corresponden.

 

Cuando las expectativas se ven frustradas frente a la realidad, hay discípulos que no lo toleran, y su disposición se torna hostil y acusadora, pues el ego no soporta verse defraudado y, en su innecesaria defensa, exhibe la habilidad de sus razones.


En esta situación esgrime sus conocimientos que, incluso, pueden estar bien fundados en cuanto a erudición se refiere.

 

No se tiene en cuenta que la ruta espiritual genuina, llegada a cierto gado, no puede ser encerrada entre las paredes de un rito, ni depender de una técnica concreta, ni de un diseño, ni de una tradición aislada. Pocos recuerdan que de ser así, con la práctica de unos cuantos ejercicios y la posesión de una nutrida biblioteca todos alcanzaríamos, sin más dilación, la experiencia mística y, ¡obviamente!, esto no es posible.

 
La experiencia del Creador manifiesto en nuestra intimidad, también necesita de algunos ejercicios preparatorios, cuyo propósito es ayudarnos en el dominio sobre el ego. Estos ejercicios del principio tienen la particularidad de mostrar al iniciando un adelanto de las dulzuras espirituales, simbolizadas en las dulzuras emocionales derivadas del propio ejercicio. Pero estas últimas dulzuras derivadas de los ejercicios no son aquellas otras regaladas por La Divinidad, sino ¡un símbolo!, un ligero saboreo de Aquellas.  

 

Después habrán de modificarse los ejercicios para desprendernos de “los símbolos” con el propósito de continuar el “pulimento del ego”. Este es un periodo desagradable, pues hemos pasado de las dulzuras de la primera etapa, donde nos encontrábamos cómodos recibiendo, a los esfuerzos de la segunda etapa en el proceso de renuncia.

 

Son los esfuerzos que nos corresponden, primero se nos da el saboreo que despierta el apetito de más, y después se nos quita para decirnos; “Aquí tampoco está tu Señor”.

 

Se nos enseña que “el encuentro” no depende de nuestros esfuerzos y ejercicios, pero tampoco se dará sin ellos. Las técnicas están diseñadas para “limpiar la íntima morada” dominando el ego, y producir las emociones de “un anuncio” que enganche al discípulo. Son como un dulce necesario que se pone en los labios del hambriento espiritual para que pueda saborear la sombra de cuanto le espera de verdadero.


El "verdadero encuentro" necesita de la aniquilación del ego (mejor digamos de su dominio), pues en tanto que el ego ocupe el papel dominante, no será posible dejar espacio para La Presencia. Y como dijimos; en tanto que las emociones dominen nuestras prácticas espirituales, el ego se mostrará fuerte y retador.

 

Llegado el momento de aceptar el desprendimiento de las “dulces emociones”, provocadas por algunos de los ejercicios útiles en los inicios,  la oposición del ego será tan fuerte como el practicante se halle dominado por ellas.

 

No olvidemos lo que tan frecuentemente repetimos, es La Divinidad quien se complace en mostrarse en la intimidad del espíritu, ¡no es mérito de las prácticas del individuo!. Y aunque no se dará sin las prácticas, salvo contadas excepciones, tampoco se dará el encuentro gracias a nuestros méritos.

 

Aunque, ciertamente, para que esto suceda el individuo tiene que ofrecer una sincera y estable respuesta… ¡libre de condiciones y mercaderías!

 

Por esta razón las emociones, derivadas de algunas prácticas, nos serán suspendidas en su momento, y a este momento habremos de estar atentos para revisar la modificación o suspensión de tales prácticas.

Dice la Tradición: “No conocerás a tu Señor hasta que no domines a tu ego, y no dominarás a tu ego mientras conserves lo que le fortalece”.

 

De aquí que los grandes místicos nos hablen de "la noche de los sentidos". Y nos adviertan que después vendrá la noche del espíritu, noche aún más dolorosa. Afrontar esta batalla por parte del discípulo, y por parte del Guía, es sumamente dificultoso, es doloroso, y el ego se defiende con uñas y dientes. Son pocos los que llegan al final.

 

La experiencia de haberlo intentado con quienes lo pidieron, discípulos en un ámbito y educandos en otro, me permiten afirmar cuanto digo. Frecuentemente el resultado es el abandono y la hostilidad por parte del “discípulo” en cualquiera de sus formas. Aunque estas advertencias también están recogidas en la antigua literatura, llegado el momento pasan desapercibidas. El poder del ego es devastador.

 

Conocedor de este riesgo suelo advertir; “Piensa bien lo que pides, no sea que se te conceda. Piensa bien hacia dónde quieres ir, y no pidas más de lo que, según tu criterio bien razonado, puedas tolerar. No te deprecies, pero cuida de no sobrevalorar tus posibilidades”.


Siempre dije que no soy un hombre de grandes erudiciones, y mi sendero es el Sendero del Medio, esto es lo que conozco. También dije en anteriores trabajos que esta particularidad, según para quien, supondrá un obstáculo, y según para quien será una ventaja, pues cada cual busca lo que juzga más apropiado.

 

Este sendero sin demasiada forma, sin demasiado rito, sin demasiada erudición, sin demasiado dogma, con un algo de todo y sin demasiado de nada, prioriza la “Visión de la Realidad oculta”.

Este aprendizaje para ver “más allá” es nuestro mejor ejercicio de recuerdo –dikr-. Agudiza nuestro entendimiento, potencia el sentido de la Unicidad y, libre del exceso de cargas, nos ayuda a superar progresivamente la adicción emocional que desorienta y confunde.

 

Con un sincero respeto hacia la libertad de otros criterios mi sendero es sencillo. Es observar cada universo más allá de lo aparente, es ser dócil ante los signos descubiertos y en la sencillez de la práctica de la ´Ibadat (cinco pilares del Islam). Y como sólo Allah conoce, aún esta práctica quien sabe si en su forma será por siempre o por un tiempo. Poco más puede decirse cuando honradamente reconocemos los límites de nuestra humanidad.

 

En definitiva esta es la experiencia que transmito en mis libros, y a ella me atengo, por lo que cada decisión de acercarse a nosotros, si es que ha de ser así, ha de  estar bien fundamentada por medio de la reflexión, la consulta y el contraste, antes de ser tomada.

 

Siempre dije que esta carga no ha sido deseada, aunque si aceptada, debido a ello suelo comentar que más prefiero un pequeño enjambre de abejas que una nube de moscas.               

Muchas de las personas con creencia, pero sin respuestas, se han sentido defraudadas en cuanto a la religión se refiere, esto les ha conducido a buscar su felicidad en el efecto placebo que el sistema de consumo les ofrece.

 

Pero así mismo han acabado por comprobar que “eso” también es un fraude incapaz de dar respuesta a sus más profundas inquietudes. Libros como este también van dirigidos a ellos, pues quien sabe si entre sus páginas pudieran encontrar un poco de la Luz perdida.

 

Siempre afirmo que la fidelidad a la práctica de los ejercicios, en la ruta espiritual, es imprescindible durante un tiempo indeterminado, y que no se debe de tener ninguna prisa en su modificación, ¡si es que llega el momento!, que a la mayoría de las personas no les llega.

 

Algunos caminantes sí practican, pero como decíamos antes… cuando tienen tiempo, según dicen, justificando así su apatía. Aunque en realidad su práctica se haya en la fina línea que hay entre la creencia y la incredulidad.

 

 

De estos dice el Corán: “Y también hay entre las gentes quien adora a Allah en la línea divisoria de la fe…”. Corán 22:11

 

“Los que son fieles a la confianza depositada en ellos y a sus compromisos; y los que cuando dan testimonio se mantienen firmes, y los que observan fielmente sus oraciones. Estos son los que morarán con honor en los jardines”. Corán 70:32-35

 

“¡Oh vosotros que habéis llegado a creer!. No dejéis que vuestros bienes o vuestros hijos os distraigan del recuerdo de Allah…”. Corán 63:9

 

El exceso de ritual, de normas “inviolables” creadas por las tradiciones, de dogmas y “misterios”, ha estancado espiritualmente a muchas personas practicantes. A otras las ha inducido a no ver en todo ello sino un rito sin sentido y  desorientación, cuando no un fraude.

 

Esto les ha llevado hacia una práctica personalizada de la religión, esto tomo esto dejo según el capricho del momento. Lo esencial de una tradición espiritual, lo original y verdadero, no puede ser objeto de manipulación, o gusto personal, sino que ha de ser aceptado en su totalidad, siempre que conserve su sencillez original. Pues en su origen la Revelación es fácil de practicar y de entender:

“A quienes llegan a creer y hacen buenas obras el más Misericordioso les dará amor, con este único fin Hemos hecho esta escritura fácil de entender…”. Corán 19:96-97

 

Ya dijimos en trabajos anteriores que la religión como concepto, del latín “religare” o reunir aquello que fue separado, no puede ser un ejercicio tan recargado de oropeles que desvirtúe su propósito, desorientando la atención del practicante hacia la forma. Esto más bien se parece a la práctica del rito vacuo, o del ejercicio placebo que perdió lo esencial, que es el descubrimiento de la Unicidad. Ya que nada, sino El Creador, es existente en realidad, y todo lo demás un teatro de sombras. Así lo aprendían de sus maestros Abú l´Abbas el murciano, y el preclaro Sufi Ibn Sabaín, de Ricote-Murcia, fundador de la Tárika Sabiniya. El Islam en sus orígenes, al igual que otros caminos, era así, sencillo en su práctica.

 

La ´Ibadat Muhammadí es una sencilla práctica, y en esa sencillez, y su secreto, Muhammad iniciaba a los “Ahl as-Suffa”, un pequeño grupo de ascetas que vivían en la Mezquita del profeta y eran por él instruidos.

La sencillez es el inicio necesario de uno de los caminos que nos conducen al descubrimiento, primero intelectivo y posteriormente bajo la experiencia mística, de que entre la Divinidad y Su Creación no hay entre, sino apariencia, Dunia, ilusión, Maya. De aquí la importancia que tiene el comprender que la sencillez es ya, de por sí, suficientemente complicada de entender y de practicar, sin la necesidad de añadir más dificultades a las rutas del espíritu.

 

La gran dificultad para alcanzar la sencillez en la ruta espiritual no estriba en la sencillez misma, sino en los conflictos que surgen por el control sobre el ego.

 

Por lo que el propósito de la religión, si se mantiene en la línea correcta, se convierte en un permanente y sencillo ejercicio de docilidad ante la Dinámica Creadora, capaz de propiciar “el encuentro unificador entre naturaleza Creadora y naturaleza criatural”.

 

En un Hadit (proverbio de Muhammad s.a.s), que nos fue transmitido por Bujari, se nos enseña lo siguiente refiriéndose a La Divinidad: “Mi criatura no cesa de aproximarse a Mí por sus obras voluntarias hasta que Yo lo amo y, cuando lo amo, soy su oído, su vista, su mano, el pie con el que camina…”.

 

Entre las gentes de la religión haríamos cuatro categorías elementales. Los hipócritas que sin creencia verdadera viven de ella, los clérigos o profesionales de buena voluntad estén o no equivocados, los practicantes del ritual placebo que calme sus conciencias, y los sinceros buscadores ya sean laicos o clérigos. Estos últimos son los que nos interesan, del resto La Divinidad sabrá pues:

“No te incumbe a ti hacer que sigan el Camino Recto, sino que Allah guía a quien quiere ser guiado”. Corán 2:272

 

Entre estos últimos, sinceros buscadores, encontramos a veces que su práctica suele estar, al menos en apariencia, desprovista de cierta cortesía ante La Trascendencia. Quizás a veces por ignorancia, o quizás inducidos por la corriente de laicismo social, entran a la práctica religiosa habiéndola desprovisto, previamente, de todo componente simbólico.

 

No obstante, y si bien es cierto como decimos, que el exceso de simbología desorienta, también es cierto que una ausencia total de ella, sobre todo en los inicios, dificulta la comprensión del contenido. El símbolo no es sino símbolo, y no esencia, por lo tanto no debemos de excedernos con él, pero tampoco es prescindible de forma aleatoria.

 

No hay contenido que pueda ser transmitido sin su continente. El Universo entero es un continente, una liturgia, un símbolo y criptograma por cuya mediación el Creador se nos muestra. ¿Nos desprenderíamos de él?; evidentemente no. Pero sí que ha de llegar un momento en el que nos desprendamos de una mirada para observarlo con otra. Pues dice el Corán: “En todo hay mensajes claros para aquellos que utilizan la razón”. Corán 2:164.

“En verdad hemos dispuesto que toda la belleza que hay sobre la tierra sea un medio por el que ponemos a prueba al ser humano…”. Corán 18:7

 

Es obvio que el ser humano también, y no sólo, necesita de lo simbólico para aprender, y con este propósito actúan La Creación como evidencia, y la religión original como ayuda. No seremos nosotros quienes nos atrevamos a ponerle arreglos a ninguna de ambas.

 

Así pues, y cuando vamos a situarnos ante La Divinidad, Allah, Dios, Jahweh, o como cada cual sienta que ha de llamarle, los Sufis nos situamos en actitud reverente, y sin excesos procuramos que nuestra compostura acompañe y refuerce nuestra intencionalidad.

 

Es obvio que no sólo no renunciamos al símbolo, al ejercicio, a la liturgia, sino que la utilizamos en cuanto que nos está prescrita, ¡pero durante el tiempo que nos es útil como rito y recuerdo!

 

En cuanto a “Aquello” de sagrado que guarda, se mantiene imperecedero en nuestro corazón. Por esta causa nos instruye el Sagrado Corán: “Embelleced vuestro aspecto para la adoración” Corán 7:31. Y así lo hacemos.

 

“Poned todo vuestro ser en cada acto de adoración”. Corán 7:29. Y en ello nos esforzamos.

 

“Sé constante en tu oración, desde que el sol rebasa su cenit hasta la caída de la noche, y presta especial atención a su recitación al alba; pues, ciertamente, la recitación al alba es en verdad presenciada por todo cuanto es sagrado”. Corán 17:78

 

“Y levántate en la noche, y pasa una parte de ella en oración, como ofrenda voluntaria tuya; puede que tu Sustentador te eleve a una estación de gloria…”. Corán 17:79

 

“Y caen así sobre sus rostros, llorando, y su consciencia de la gracia de Allah aumenta su humildad”. Corán 17:109

 

“No alces excesivamente la voz en tu oración ni la silencies del todo, sino busca un camino medio”. Corán 17:110

 

“Y mantente con paciencia al lado de aquellos que invocan a su Sustentador mañana y tarde buscando Su Faz, y no permitas que tus ojos pasen sobre ellos en busca de las galas de este mundo; y no prestes atención a aquél que es negligente de Nuestro recuerdo porque ha seguido siempre sus deseos, abandonando todo cuanto es bueno y verdadero”. Corán 18:28

 

“Por norma (el ser humano) cuando le toca un mal, se llena de preocupación, y cuando le toca un bien se vuelve mezquino con los demás”. Corán 70:20-21. “Excepto los que se vuelven a Allah en oración y perseveran en ella”. Corán 70:22-23

 

“Pero cuando se pregunta a los que son conscientes de Allah: ¿Qué ha hecho descender vuestro sustentador?, responden: ¡La bondad suprema!. Corán 16:30