Manual Instrucción Cósmica

Una visión apocalíptica del N1H1

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“La bestia representa todas  nuestras iniquidades, nuestras sombras, nuestra inconsciencia. En el momento de escribir este texto –decía Kabaleb hace un par de décadas, pero esto es perfectamente vigente ahora mismo, en 2009- ésta úlcera maligna es patente en el tejido social"

  

 Soleika Llop

www.abriendoconciencia.blogspot.com

 

Esta mañana, me ha dado por releer los textos de Interpretación  Esotérica del Apocalipsis de mi padre (Kabaleb), que son pura luz concentrada, y he encontrado uno que puede resultar muy útil, teniendo en cuenta la que está cayendo. Trata sobre la enfermedad, lo curioso es que dice más o menos lo mismo que lo  que dije en el artículo sobre el “Celestialgate”, deduzco que debió ser mi padre el que me lo inspiró, además él era muy guasón contando las cosas. Aprovecho para resaltar la iniciativa de unos jóvenes mexicanos que han decidido vestirse con escafandras y hacer payasadas por las calle para incitar a la gente a desdramatizar la situación y a crear endorfinas, activando su sentido del humor. Están en la misma línea que el artículo mencionado, todo está ligado, estamos inmersos en una sopa sincrónica.

 

Kabaleb dice en su comentario del Capítulo XVI del Apocalipsis (1-2): “Del templo oí una gran voz que decía a los siete ángeles: Id y derramad las siete copas de la ira de Dios sobre la Tierra. Fue el primero y sobrevino la úlcera maligna y perniciosa sobre los hombres que tenían la marca de la bestia y que se postraban ante su imagen”. Esta es la cita bíblica.

 

“La bestia representa todas  nuestras iniquidades, nuestras sombras, nuestra inconsciencia. En el momento de escribir este texto –decía Kabaleb hace un par de décadas, pero esto es perfectamente vigente ahora mismo, en 2009- ésta úlcera maligna es patente en el tejido social. Aparecen nuevas enfermedades, las empresas se agrietan y son tragadas por las bancarrotas, nuevas guerras estallan sin cesar. La úlcera representa el camino abierto a toda clase de gérmenes patógenos que se adueñan del organismo y amenazan con destruirlo. Esto es por lo menos lo que se observa desde las mirillas de la sombra; vemos que el tinglado de la oscuridad se va a pique. Pero teniendo en cuenta que esa oscuridad, esa no conciencia, era lo que nos mantenía en pie, era nuestro pan de cada día, para nosotros, lo que entra, es patógeno y representa una catástrofe. Sin embargo, en realidad esa úlcera, que es maligna para la parte oscura de nuestro ser, es la puerta de entrada de las energías restauradoras en nuestro organismo. Está ahí para salvarlo, si es que puede ser salvado, o para aniquilarlo en caso de que lo mejor para nosotros sea hacer borrón y cuenta nueva, volviendo a empezar con una nueva encarnación.

 

Así pues, es la propia oscuridad la que pone en marcha el mecanismo que ha de destruirla. La luz es como un líquido que va derramándose constantemente de una misteriosa copa que hemos de beber. Si la bebemos, vamos convirtiéndonos en esa luz y todo transcurre en nuestras vidas por caminos naturales. Si no la bebemos, llega un momento en que esa copa se derrama y entonces la luz penetra en nosotros por la fuerza, violando las murallas de la oscuridad y haciendo que se manifieste a nuestros ojos en su aspecto catastrófico. El amor divino toma la apariencia de la ira y en lugar de ser la fuerza que nos protege y nos salva, es la que nos destruye.

 

Cuando la enfermedad aparece en nuestro organismo, pensemos que la bondad divina se está manifestando en nosotros bajo su forma atroz porque le habíamos cerrado las puertas que debían permitirle penetrarnos por los conductos naturales. Es decir, que la enfermedad no es algo que Dios –nuestro Yo divino-  nos envía para castigarnos, sino que es el resultado de la mala utilización de las fuerzas que el Yo Superior pone a nuestra disposición. De esta manera, puede explicarse el que muchos hombres que viven cerca de la divinidad, que son muy espirituales, sean a veces los más tocados por las enfermedades. Y es que el hombre cuya voluntad se identifica con Hochmah, es decir con la energía crística y sanadora, recibe de este centro sefirótico sus energías a chorro, en lugar de caerles gota a gota. Y por consiguiente, se ve obligado a ser el forjador de las armas del amor para sus compañeros de vida, el que distribuye ese chorro a diestro y siniestro sin parar. Si, habiendo aspirado a ser el gran distribuidor del amor, se planta y no lo distribuye, ese amor empieza a chorrearle por todas partes, destruyendo la oscuridad que todavía le queda encima.

 

La enfermedad es pues la señal del amor, es la señal de que un ángel vestido de lino puro (como dice el Apocalipsis de Juan) derrama sobre nosotros su copa de oro. Si cuando la enfermedad aparece nos desidentificamos de ella; si  somos capaces de verla desde otro ángulo y sabemos agradecer a nuestro Yo Superior la prueba de amor que nos manda, nuestra naturaleza humana se verá restablecida y el mal desaparecerá. Por el contrario, si no comprendemos la señal, si persistimos en ser lo que somos, con todas nuestras inclinaciones, emociones y pensamientos, el restablecernos puede significar la destrucción de la totalidad de nuestro cuerpo.”

 

Como decía el Maestro, que quien tenga oídos…oiga. Este texto es aplicable a cualquier patología, sea de una persona o del cuerpo social, o de la economía de un país. Si, al sobrevenir el primer síntoma de un malestar, lo bombardeamos con química o con parafernalias exteriores, estamos mandando a nuestro Yo Superior el siguiente mensaje: “Dímelo más alto porque no me entero”. Y entonces éste aumentará el volumen, lo cual hará que las cosas se nos compliquen. Hay personas que necesitan todos los tambores de Calanda, unidos a las mascletás de la Plaza del País Valenciá para enterarse de las cosas. Cada uno elige. Esto es a gusto del consumidor, pero lo que Kabaleb deja bien claro es que es preferible no pedirse una franquicia divina si uno no está dispuesto a distribuir adecuadamente los productos. Y por franquicia entendemos una iniciación de reiki, de energía universal o de cualquier otra práctica que nos faculte para ser terapeutas o para ejercer algún tipo de maestría.

Porque si nos pedimos una ración extra de luz –por querer colgarnos el título de “distribuidores divinos”- y no la repartimos adecuadamente, puede llegar a tostarnos los circuitos, y esto puede derivar en patología física o psíquica. Y es que no es lo mismo recibir la luz a través del grifo de nuestra cocinita que recibirla a través de la manguera de los bomberos. A buen entendedor….

 

 

Soleika Llop 3.5.2009

http://abriendoconciencia.blogspot.com  

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