Manual Instrucción Cósmica

Los otros iberos

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En algunas crónicas medievales de la región de Armenia se han conservado noticias curiosas. Una de ellas es la que expone el deseo de una serie de nobles del reino de visitar algún día “a sus hermanos, los Iberos del oeste”. Por supuesto, desde su punto de vista, eran ellos los Iberos por excelencia, y los Iberos de Iberia eran los iberos de occidente. ¿Por qué a tan pocos historiadores les interesa este tipo de noticias? ¿Por qué nadie considera como algo serio la posibilidad de una conexión real? ¿Es tan de todo punto imposible una filiación semejante?

La conocida y estrechísima relación existente entre las lenguas caucásicas y algunas lenguas de la Península como el euskera, y algunas del norte de África, donde habitan los Bere-beres, debería ser puesta en relación con los otros muchos paralelismos históricos y culturales que se dan entre puntos tan distantes. Aquí ponemos solo algunos de ellos.

Los antiguos reinos iberos de oriente son mencionados, con ese nombre, por los historiadores clásicos, ¿por qué nadie parece recaer nunca en ello? Existe en Armenia un río Aras, que es uno de los ejes de esta civilización ibera de oriente. En el cauce medio de este río Aras se levanta el monte Ararat donde los hebreos dicen fue enterrado Noe. Y existe también no un río, pero sí un monte Aras en España, en cuyo interior los judíos españoles de Lucena aseguraban que estaba enterrado Noé. Existe el nombre Sara, como “princesa”, en ambos extremos del Mediterráneo y nadie parece querer investigar las concomitancias. Existe un Ever, patriarca histórico de los hebreos, y un río Hevrón en el extremo Mediterráneo oriental; y existe un río Ebro y un pueblo Ibero en España, en el otro extremo, y nadie ha querido nunca investigar las concomitancias. Existe Siberia, existe una escritura ibérica antiquísima, simbólica, basada en signos casi mágicos como son las runas danesas, que se escribía de derecha a izquierda y que era silábica; existe ese mismo tipo de escritura entre los hebreos, con la misma conformación mágico-simbólica del signo escrito y de la palabra, y nadie dice nada. Existe un pueblo ario o aria en la Península, que ha dejado su nombre escrito incluso en las monedas de una época tan tardía como la romana; y existe una nación aria, un conglomerado de pueblos que se llamaron arios, que se establecieron sobre la cuenca media del Danubio hacia el 5000 aC y que hacia el 3500 está precisamente en la región del Caúcaso y en Armenia… Y nadie lo ha relacionado. Nadie que modernamente parezca haber visto esas monedas ha dicho nada. Esos mismos arios o Aryana del reino de Armenia, de Urartu, levantan templos a la diosa Ana o Nanna (o los destruyen), e “inventan” religiones con dioses tan resonantes como Mitra, Varuna o Sintra que en muchas ocasiones tiene sus prototipos occidentales (y si no ver la fortaleza de Sintra en Portugal). Más prosaicamente, el reino de Armenia tiene por escudo dos leones rampantes, lo mismo que el escudo del antiguo reino de León en España; y el citado Mitra tiene en las leyendas por acompañante un negro cuervo, que es el símbolo de Lug, el antiquísimo dios de Luz occidental.


En la wikipedia inglesa se nos dice que los iberos de Armenia son arqueológicamente conocidos como Kura-Araxes o Kura-Aras, y que esta es la civilización material cuyos restos se encuentran en el estrato inmediatamente anterior a la presencia en la zona de un pueblo de Israel (antes de su entrada en Egipto) y la que, presumiblemente, les dio origen. La esposa de Abrahán se llamaba Sara, etc, etc, etc…

Pero ahora viene la cuestión política. Cuando vemos por la tele cómo la guerra maltrata a chechenos, georgianos o armenios, solo dos o tres en este país saben qué pasa y quiénes son los descendientes y ascendientes de esos pueblos, y el resto somos absolutamente indiferentes y la sangre no nos dice nada, ni nos revela signo alguno de identidad, ni cultural, ni genética, ni afectiva, ni de ningún tipo. A todos los efectos los pueblos del Caúcaso no son nadie para nosotros, por más que la antigüedad los llamase iberos. Ese tipo de cuestiones no entra en los planes de estudio. El sentimiento de querer cruzar medio mundo para conocer de primera mano a nuestro espejo, a aquello que somos nosotros mismos pero en una región muy distante del planeta, nosotros mismos históricamente desdoblados, ese sentimiento que estaba vivo en la Edad Media hoy se ha perdido. Y la destrucción de los templos de Anahita en Kanwavar, y de los restos de esa civilización ibera tan antigua, la memoria de nuestro propio itinerario vital, los matices de nuestra propia lengua tal y cómo fue hablada en el pasado, todo eso, todo, se va por el retrete impunemente, se intenta borrar y se borra sin que nadie levante un dedo. Los judíos de América no movieron un dedo por los judíos europeos, y nosotros no nos alteramos un ápice por la situación de los iberos orientales.

La Iberia del Cáucaso

En la actual Georgia existió en la antigüedad un país llamado Iberia

Paisaje de Tusheti, provincia al noreste de Georgia.
Foto: Wikipedia. Lidia Ilona

Buscando otras cosas, y por ese fenómeno tan frecuente en internet que llaman serendipia, he dado con un trabajo titulado “Los términos “Iberia” e “iberos” en las fuentes grecolatinas: estudio acerca de su origen y ámbito de aplicación”, de Adolfo J. Domínguez Monedero, y con un párrafo para mí sorprendente:

“Creo que no puede comprenderse el concepto de Iberia, aplicado a la Península Ibérica (a la totalidad o a una parte, como ya discutiremos posteriormente), sin referencia, como viene siendo frecuente, a los Iberos y a la Iberia orientales. Efectivamente, dos son las «Iberias» que en el mundo antiguo se conocen: una de ellas, la oriental, ha sido considerada sistemáticamente por los historiadores como sin ninguna relación, salvo la casualidad de sus nombres (Schulten, 1952, 311), con la Península Ibérica. Sin embargo, las fuentes y su interpretación tienen algo que decir al respecto. Creo que la solución nos la aporta uno de nuestros mejores informadores acerca del mundo antiguo, que no es otro que Estrabón, cuando nos dice (XI, 2, 19) que es probable que los iberos del Ponto y los iberos occidentales sean «homónimos» a causa de la existencia de minas de oro entre ambos. Schulten (1952, 310) cree que debe tratarse de una interpolación, y García Bellido (1968, 247) dice que se trata de una «curiosa hipótesis, fuera de toda razón».”

De modo que existió otra Iberia que ocupaba la parte oriental de la actual Georgia. Por lo visto, fueron los griegos quienes bautizaron a las dos Iberias, lugares que consideraban míticos por encontrarse en los dos extremos del mundo conocido.


Foto: Wikipedia. Copyright© Andrew Andersen

Sobre la posible relación entre nuestra península y la región homónima del Cáucaso, los investigadores han formulado diversas hipótesis, que van desde que la coincidencia en el nombre es mera casualidad hasta la hipótesis que sostiene que los iberos de allá y de acá fueron el mismo pueblo.

Leo en la Wikipedia:

“La similitud del término Iberia con los antiguos habitantes de la Península Ibérica, los íberos ‘del oeste’, ha arrojado la idea de un parentesco étnico y genético entre ellos y las poblaciones de la Iberia caucásica, los íberos del ‘este’.

Varios autores de la Antigüedad y la Edad Media sostuvieron esta idea, aunque difirieron en relación con el problema del lugar inicial de su orígen. La teoría parece que se hizo popular en la Georgia medieval. El prominente escritor religioso georgiano, Giorgi Mthatzmindeli (1009-1065) escribió sobre el deseo de algunos nobles georgianos de viajar a la Península Ibérica y visitar los “georgianos del oeste”, como así los citaba.”

Juan Valera escribió en La Ilustración Española y Americana, nº 2 de 15 de enero de 1880, un artículo bastante literario y nada científico:

“Desde la falda del Cáucaso, dilatándose al Mediodía hasta el monte Ararat, en cuya nevada cumbre se posó el arca de Noé, habitaban y habitan aún diversas tribus, gentes o naciones, apellidadas caucásicas; casta de hombres valientes, robustos y hermosísimos, cuales son hoy los circasianos, georgianos y mingrelianos, en los tiempos a que nos referimos designados con nombres diversos. Al Oriente, en las riberas del Caspio, vivían los albaneses, y más al Sur los cadusios; al Occidente, orillas del Ponto, habitaban los colquios, famosos por Medea la hechicera y por el áureo vellocino, y más al Occidente los calibes, diestros forjadores del hierro, y los de Tibar, tan envidiados por su oro. En el centro de estas naciones, y como defendiendo las puertas caucasianas contra las invasiones de los escitas, se hallaban los iberos, de quienes sin duda proceden los primitivos españoles, que se llamaron iberos también.”

Continúa exponiendo su acuerdo con la hipótesis del Padre Fidel Fita, que sostenía que los iberos españoles procedían de los caucásicos, siendo el euskera y el georgiano lenguas emparentadas. Y añade:

“Refieren las crónicas georgianas, mandadas redactar y publicar por el rey Wagtang, que, después de la dispersión de las gentes, fue a poblar la Georgia o Iberia el gigantesco patriarca Togorma, hijo de Gomer y nieto de Jafet. Otros quieren que fuese Túbal, hijo de Jafet, quien pobló o colonizó la Iberia del Cáucaso, y que luego él o sus descendientes llegaron hasta la Iberia al Sur de los Pirineos, ya pasando primero a Irlanda, isla a quien dieron el nombre de Ibernia, y desde allí viniendo a España; ya viniendo a España directamente. Sobre estos nombres de Iberia e Ibernia, de Ebro y de iberos, dados a diversas comarcas, ríos y pueblos, se ponen varias etimologías. Ya los derivan de ibha, que en el idioma de los vedas vale tanto como familia, ya de avara, que en el mismo idioma significa occidente.”

Hay que decir que todo esto que Valera considera “probado” no lo está en absoluto (y también aclarar a los de la LOGSE que con “dispersión de las gentes” se refiere a la repoblación de la Tierra que -según la mitología bíblica- realizaron los tres hijos de Noé, llamados Sem, Cam y Jafet, después del Diluvio Universal)

Lo que sí es seguro es que la Iberia Caucásica estuvo poblada desde los tiempos más remotos y que constituyó un reino independiente (con el nombre autóctono de Kartli) desde 302 aC, hasta caer en poder de los bizantinos y, en 580 dC, de los persas.