París o el Paraíso. De cómo el mito restalla

Si la conquista española de América se hubiera de­sarrollado hace diez mil años, habiéndose perdido por lo tanto todos los textos históricos que glosaran aquella gesta, ¿qué otro modo tendríamos de demostrar la as­cendencia ibérica de las más antiguas poblaciones de aquel continente, que el que proporcionan los nombres, inequívocos, de ciudades como Cartagena, Los Ángeles, Buenos Aires o Rio de Xaneiro?

 

 

Jorge Mª Ribero Meneses. 29 septiembre 1996

 

Algunas personas, no­toriamente ayunas de conocimientos sobre el pasado remoto de Iberia y de Europa, se rasgan las vestiduras cada vez que dicen en estas páginas alguna referencia a la filiación cantábrica de los pueblos de aquende y allende nuestro continente. Y hasta esas mismas personas, incurren en la ingenuidad de pensar que el autor de estas líneas ha sido la primera persona en postular…

La filiación ibérica de naciones ta­les como Egipto, Grecia, Persia o Roma de las que hasta hoy mismo, se nos ha considerado hijos o feudos. ¡Qué lejos están de saber aquéllos a quie­nes tanto escandalizo que todas estas noticias que domingo a domingo voy de­senterrando constituyeron un lugar co­mún hasta hace dos mil años, habiendo perdurado retazos de ella en la historiografía española hasta que el Padre Ma­riana, en el siglo XVI, dio en tildar de apócrifa y falsa toda nuestra historia antigua!

Pero sólo son necesarias una mínima clarividencia, una elemental objetividad, una acentuada independencia de criterio y una colosal labor de estudio y de in­vestigación para llegar a descubrir, en­terrada entre un cúmulo ingente de fal­sedades y adulteraciones, esa Historia nuestra perdida sin la que resulta im­posible comprender y reconstruir la His­toria del resto de las naciones del globo.

Y esto es algo que a nadie viene tan grande, hoy, como a los propios espa­ñoles. De donde el que, salvedad hecha de don José Ortega y Gasset que algo intuyó respecto a este asunto (aunque no se atrevería a desarrollarlo), hayan tenido que ser sabios de otros países europeos los que, sin atan alguno de barrer para casa como el que se le podría presumir -erróneamente— al autor de estas líneas, han llegado a ver con prístina nitidez que la matriz no solamente de Europa sino de toda la civilización hu­mana, se encuentra en la Península Ibérica.

Iremos conociendo, a lo largo del de­sarrollo de esta serie, los testimonios de aquellos que, por caminos completamente distintos al mío, han llegado a conclu­siones muy afines a las que vengo ex­poniendo a través de estas páginas. Es el caso, por ejemplo, del lituano Oscar Vladisluv de L. Milosz (1877-1939) quien, tras consagrar treinta y siete años al estudio de los orígenes de Europa, llegó a la conclusión de que éstos se habían fraguado en suelo español. Tesis que Mi­losz desarrollará en el opúsculo Las orí­genes ibéricos del pueblo judío. Pues bien, en este libro editado en París en el primer tercio de este siglo, pueden leerse frases tan rotundas como ésta: «Iberia es el más antiguo país civilizado del mundo». Así como, igualmente, una serie de ar­gumentos científicos que coinciden tex­tualmente con los escritos por mí en varios de mis libros, seis años antes de saber de la existencia de de este eminente historiador lituano.

Escándalo producen también en algu­nos mis tesis respecto a la ubicación del Paraíso bíblico en la antigua geografía cántabra. Algún día desvelaré los datos incontrovertibles que avalan esta certeza. Más me importa hoy, sin embargo, acla­rar que el Paraíso no fue otra cosa que el país que albergara a la primera Hu­manidad inteligente o sapiens. Ninguna connotación religiosa o sobrenatu­ral debe atribuir­se, pues, a un nombre que como habremos de ver, no es sino una forma evoluciona­da de uno de los topónimos más comunes de la geografía cántabrocastellana: Barzalla = Bárzena. De donde resulta que tanto Marsella como Barcelona, poblaciones a las que me he referido en mis últimos artículos, aparecen distinguidos con el mismo nom­bre que la capital francesas -Paradís -París— aunque en una forma muchísimo más antigua. Lo que explica el que Augustín Chano, un autor coetáneo de Milosz, se hiciera la siguientes re­flexión: «Los hijos de los Pirineos, para designar a sus jardines, no poseen otro térmi­no que «Baratzé”, que significa ‘un lugar agradable para reposar’. Y el mismo sentido tiene la palabra ‘Paraíso’, como nombre de un jardín, en todas las lenguas orientales».

Y es así por este camino, como un sabio lituano, Milsz, al igual que otro sabio, en este caso español y del siglo XVI, Benito Arias Montano, desembo­carían como yo en la conclusión de que el nombre hebreo de España, Se-pharad, se halla estrechamente relacionado con el nombre del Paradiso y con la deno­minación griega de la propia Iberia: Hes-périda. Y aunque la historia del nom­bre de Sefarad es mucho más compleja que todo esto, si es incuestionable que este nombre significa Paraíso y que los judíos españoles respondían al nombre de Se-pharadis porque eran los moradores del Paraíso. Léase los descendientes di­rectos de los primeros pobladores del País del Hebra. Que de ahí su mimbre de Hebreos. Y lodo esto es tan rotundo y tan incues­tionable que incluso produce sonrojo el que pueda existir alguien que se atreva a cuestionarlo.

Lo que quiere decir que nuestros an­tiguos Se-Pharadís son los mismos que con el nombre de Parisi colonizan una parte de Francia y de Inglaterra, habiendo dado a la ciudad de Paris el mismo nom­bres que, antes, habían otorgado al pico Paraíso = Paraís de Peña Sagra o a los pueblos cántabro castellanos de Perex y Paresotas.

 

A vueltas con los celtas

A falta de noticias respecto a las gentes que moraran en esta tierra con anterio­ridad a la malhadada llegada de las tropas romanas a ella, existe la costumbre de referirse a los pobladores de la Kantabria de hace dos mil años como los Kántabros puros y por antonomasia. Kántabros son, pues, según esta escuela, las gentes que vivieron en esta región durante la do­minación roma­na y no, por Ejemplo, los señores infinitamente más anti­guos –e incuestionablemente indígenas— que muchos miles de años antes pinta­ron las cuevas de Altamira, La Garma o Puente Biesgo.

Nunca ha sido Kantabria menos kántabra que hace dos mil años. ¿Por qué? Pues sencilla­mente porque la guerra que nuestros antepasados libraron contra las legiones ro­manas fue una guerra de exterminio que dejó estas tierras trágicamente huérfanas de hombres y mujeres indígenas y de pura prosapia cántabra. Los pocos supervivien­tes de la devastadora guerra contra Roma o fueron dispersados o se refugiaron en las montañas, no hostigadas, del entorno de Kantabria (principalmente y por ra­zones obvias en los Picos de Europa). Otros, los más mansos y dóciles al yugo del invasor, siguieron viviendo en los pue­blos de su tierra en los que siempre había morado. En cuanto al resto de los po­bladores de la Cantabria de hace dos mi­lenios, fueron gentes de aluvión llegadas de otras zonas de la propia Península Ibérica. Gentes a las que sin duda se debió recompensar con tierras, a cambio de que vinieran a establecerse en una región que de otro modo, habría quedado virtualmente despoblada. Vamos, para en­tendernos, lo de los foramontanos, pero al revés.

Años más tarde y al igual que sucediera con los judíos sefardíes que emigraron de España en 1492, no pocos de aquellos Kántabras exiliados de grado o de fuerza debieron retornar a la amada tierruca de sus mayores, compensándose en parte el desastre que habría de suponer para esta antiquísima región el hecho de perder a los hombres y mujeres en los que pervivían la cultura y la casta de la vieja Kantabria. Que ésta y no otra es la razón de que Cantabria haya conservado su acervo cul­tural en mucho menor grado que su vecina Euskalerría. Porque fueron los kantabros y los keltiberos, las gentes de la primera raíz de Iberia, los pueblos que en mayor medida se desangraron para preservar la integridad y la independencia de la nación ibérica. Dicho con otras palabras, Cantabria y la primitiva Castilla burgalesa dieron la cara por todos los demás, ha­biéndose derivado de ello la brutal de­cadencia de una región que sólo al final de la Edad Media, con la corona de Castilla, volvería por los fueros de sus pérdidas bizarría y grandeza.

Llena como estaba de gentes foráneas, carece de sentido identificar como quin­taesencia de lo cántabro a hombres y mu­jeres que repoblaron nuestra región hace dos milenios. Y ello se pone de manifiesto en muchos de los nombres que hoy apa­recen documentados epigráficamente, aje­nos la mayoría de ellos a la onomástica cántabra que conocemos merced a la to­ponimia. Al margen de que resulta im­pensable que los genuinos kántabros  escribieran sus nombres con “v” y con “c”, cuando ambas letras nos fueron siempre completamente extrañas.

Afirmar que el sustrato lingüístico de la antigua Cantabria es el céltico constituye un error de alto calibre. Como erróneo resulta suponer que ese elemento celta entró en pugna con el vascuence. Con lo que volvemos a incurrir en la inveterada y nefasta costumbre de oponer lo cántabrocastellano a lo basco, identificado aquello con lo genuinamente español y castizo y esto con lo primitivo, lo inculto y lo extraño a nuestra estirpe. Crasísimo error en el que hunde sus raíces el actual radicalismo euskaldún.

Tan basco es el sustrato lingüístico y racial de Cantabria, de Asturias y de Castilla como pueda serlo el de Euskalerría. La única diferencia estriba en que ésta ha permanecido en­cerrada en sí misma y virtualmente ajena a la evolución histórica, en tanto que las otras tres regiones citadas han conocido un desarrollo cultural extraordinariamente más intenso. ¡Si será celta nuestro sustrato toponímico que- Santa-Ander, Castro-Urdiales, Eskalante, Ampuero, Guriezo, Gornazo, Guarnizn, Toranzo, Mazkuerras, Kos, Kutxía, Karmona, Eskobedo, Karanceja, Bárzena y un interminable etcétera os­tentan nombres euskéricos químicamente puros! Y ello porque, hora es ya que se diga, la lengua euskérica o basca nació en la primitiva Iberia del Alto Ebro, com­partida hoy por Cantabria, Burgos, Álava y Vizcaya. La cuna, a la sazón, no sólo de la lengua baska sino también la de todos los pobladores del País Vasco. De donde el que, por ejemplo, los Baskos hayan blasonado, hasta ayer mismo, de su linaje cántabro. Y ello no producto de una moda o de un error histórico, como pretendiera Miguel de Unamuno. Si Ignacio de Loyola y Esteban de Garibay se preciaban de cántabros es porque lo eran. ¡Cómo no habrían de ser cántabro los baskos si hasta la matriz de Bizcaya, como desvelaré en su día, se hallaba en Cantabria!  De donde el que tanto a los Kántabros como a sus hermanos gemelos los Keltiberos, se les conociera vulgarmen­te con el nombre de Bizkainos. No ha existido jamás una línea divisoria clara entre cántabros y bizkainos, en contraste con la nítida frontera que dividiera siem­pre a cántabros, astures y galaicos.